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Francisco Javier Navarro Chueca
Arqueólogo

javier-navarro-2006.JPGEl día 3 de julio de 1898, la Armada Española sufrió ante la bahía de Santiago de Cuba tal vez la peor derrota de su historia frente a la flota de los Estados Unidos.

La escuadra española, al mando del almirante Pascual Cervera y Topete, se encontraba cercada en el interior de la bahía de Santiago, que es un largo y angosto canal, desde el 29 de mayo por la escuadra norteamericana al mando del Almirante Sampson. El general Ramón Blanco, Gobernador militar de la isla de Cuba, ordenó al almirante Cervera que sacase la escuadra a combatir al mar. El resultado fue la destrucción total de la flota española formada por los cruceros acorazados: Infanta María Teresa (buque insignia), Vizcaya, Almirante Oquendo y Cristóbal Colón y los destructores: Furor y Plutón.

Según la bibliografía que ha tratado hasta ahora este tema, las cifras oficiales de bajas sufridas señalan 332 muertos y 197 heridos, pero aquí se incluyen todas las bajas habidas en la escuadra durante la guerra y no sólo en el combate del 3 de julio. Se calcula que en la acción de la bahía de Santiago el total de bajas debieron  ser  unas 350, entre muertos y heridos. Dos capitanes de navío: Villaamil y Lazaga murieron a bordo de sus buques, Furor y Almirante Oquendo, respectivamente.

El punto de arranque del proyecto de localización, excavación y dignificación de los restos de los marinos españoles caídos en el combate naval de Santiago de Cuba lo constituye la lectura de un reportaje periodístico, que refería los acontecimientos de 1898,  tomando como referencia las informaciones que sobre la batalla y los momentos posteriores dio el Capitán Evans, comandante del Iowa, uno de los navíos norteamericanos participantes en el combate y en la posterior recogida de prisioneros. En dicho artículo, se recogía el dato de la existencia de una fosa común donde habrían sido inhumados los marinos españoles fallecidos en el combate: “…Ciento y pico de cadáveres arrojados por el mar a la playa fueron enterrados por orden de Sampson en una sola e inmensa sepultura en forma de pozo, abierta cerca de la playa, en terreno arenoso. No se procedió a identificación alguna de los muertos. Sobre la tumba se plantó una gran cruz de madera hecha con restos de los barcos españoles” (Suso Perez. Dominical de La Vanguardia, 21 de junio de 1998. pp. 53 y 54.).

Cuando nos embarcamos en este proyecto de Dignificación de los restos de los marinos españoles, en el verano de 1998, año del centenario de los hechos, partimos del convencimiento de que era un momento propicio para saldar una deuda, todavía pendiente, con esos compatriotas que en cumplimiento de su deber y de una idea común: España, entregaron lo más valioso que puede dar un ser humano: su propia vida.

Además de la motivación de carácter patriótico, que no tenemos ningún rubor en confesar, la ejecución del proyecto reunía los suficientes retos de carácter científico y técnico, que lo hacían sumamente atractivo para cualquier profesional de la investigación arqueológica.

Las primeras indagaciones se encaminaron en averiguar qué se sabía y en qué situación se encontraban los restos de los marino fallecidos en el combate naval. Después de consultar con diversas fuentes, sobre todo en territorio cubano, se llegó a la conclusión de que nada se sabía sobre la fosa común descrita en la noticia periodística, aunque sí había referencias sobre enterramientos individuales en la zona costera, correspondiente al escenario de la batalla. La existencia de un panteón, conteniendo los restos de soldados españoles, en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba, nos hizo pensar en la posibilidad de que los restos de los marinos hubieran sido trasladados al mismo. Pero la ulterior visita a la tumba, la información recibida de la dirección del departamento histórico del recinto cementerial y la consulta bibliográfica relacionada con el tema (Eva Canel. “Lo que vi en Cuba”, Habana, 1915. pp. 200-201), puso en evidencia que los restos que contiene el panteón corresponden a los soldados que murieron en los combates terrestres de El Caney, la loma de San Juan y algunos de los fallecidos en Guantánamo, que fueron exhumados y trasladados a Santiago por iniciativa del General Soto Villanueva y Dña. Concepción Rodolfo de Rivera, que se ocuparon además de proporcionarles una sepultura digna.

La ausencia de datos sobre el destino final de la mayoría de los restos de los marinos caídos durante el combate naval, en claro contraste con lo acontecido con los restos de 31 de los tripulantes de la escuadra española, fallecidos durante el cautiverio en EE.UU., que fueron repatriados en 1916 y sepultados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz), así como la certeza de que se realizaron inhumaciones individuales, a cargo de los supervivientes españoles, en las playas cercanas a los buques destruidos de la escuadra del Almirante Cervera, junto con la referencia periodística del enterramiento colectivo: nos llevó al convencimiento de que en la actualidad  existen, todavía, restos de  tripulantes de la escuadra española, caídos en combate, enterrados de forma individual y/o colectiva en la zona de la batalla. Y que esos restos merecen algo más digno que una sepultura ignota.

Con ese convencimiento y con la evidencia de que todo estaba por hacer, nuestro primer objetivo ha estado dirigido: a comprobar la viabilidad del proyecto, tanto desde el punto de vista técnico, como de la predisposición de las instituciones cubanas hacia el mismo; y a informar y concienciar a la Administración Española sobre este tema.

El presente artículo contiene los resultados provisionales obtenidos en la fase de estudio documental, en la que ha sido fundamental la colaboración entusiasta del Capitán de Fragata de la Armada Española D. José Carlos Fernández. Así mismo exponemos los resultados obtenidos de la prospección arqueológica efectuada de forma parcial en la zona objeto de estudio. Este apartado ha sido efectuado con la colaboración del equipo de arqueología de La Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba y apoyados, una vez más, con la inestimable ayuda del Coronel D. Juan Antonio Álvarez, Agregado de Defensa de la Embajada de España en La Habana. (*)

La investigación documental se ha llevado a cabo mediante la consulta de los fondos existentes en archivos de España, Cuba y Estados Unidos. El resultado de este trabajo, inédito hasta ahora en la investigación histórica, nos ha dotado de una base científica rigurosa y nos ha proporcionado la perspectiva necesaria para acometer las fases posteriores con criterios más ajustados para la consecución del objetivo final. Paralelamente a la consulta documental se ha realizado una revisión crítica de la bibliografía que ha tratado el tema hasta la fecha.

Los primeros trabajos arqueológicos sobre la zona, consistentes en la prospección sistemática de las playas de Nima Nima, Juan González y Aserraderos, que corresponderían a las zonas donde salieron a tierra las dotaciones del Infanta María Teresa, Oquendo y Vizcaya, respectivamente, fueron esperanzadores. En la playa de Nima Nima se han localizado dos posibles enterramientos que podrían corresponder a tripulantes del Infanta María Teresa. Así mismo se han obtenido informaciones  sobre inhumaciones en las playas de Juan González y  en la zona cementerial que existió en la playa de Aserraderos, asociada a un pequeño fortín de origen español que ocupaban las fueras insurrectas en el momento de la batalla naval. Finalmente, se tienen referencias de enterramientos en la zona de La Socapa, que según todos los indicios corresponderían a marinos de la dotación del Reina Mercedes, fallecidos durante la defensa costera de la zona, en cuyo caso serían también incluidos dentro de los objetivos del proyecto.

Sobre la supuesta fosa común del relato del Capitán Evans, no se ha detectado ninguna evidencia externa, lo que podría considerarse, hasta cierto punto, normal, teniendo en cuenta el tiempo transcurrido y que la zona ha sido afectada por, al menos, cinco grandes huracanes en los últimos cien años. Tampoco la investigación documental efectuada hasta ahora ha podido constatar su existencia y ubicación.

No obstante, una serie de circunstancias, tales como: que el combate naval se desarrollara en un escenario cercano a la costa y los buques españoles fueran embarrancados (salvo el Furor, que resulto hundido); que los cuerpos de los fallecidos y gran parte de los heridos durante el combate quedaran, carbonizados, a bordo, debido a los graves incendios sufridos por los barcos españoles a causa de su obra muerta de madera (en este sentido existen testimonios directos de miembros de las fuerzas navales norteamericanas que visitaron las ruinas de los barcos españoles, poco después del combate, y que resaltan la gran cantidad de restos humanos que permanecían repartidos por los distintos puentes del Infanta María Teresa y del Oquendo); que el Infanta María Teresa fuera reflotado y limpiado para ser trasladado en primera instancia a Guantánamo; que en la abundante documentación fotográfica existente sobre las ruinas de los barcos españoles y tomada en los días posteriores a la batalla no se aprecie ningún resto humano.

 

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