Introducción

La palabra “desastre” se inscribió en la historia, y además fue acuñada para significar algo que sacudió a la España de 1898. Sin embargo, y como consecuencia de la derrota militar España no se vio envuelta en un caos, ni hubo revoluciones sangrientas, ni desapareció la Corona, ni se repitieron los cuartelazos, ni se cambió de régimen.

 
Con el 98 se concluye en Cuba una guerra que había comenzado treinta años antes y que llevó el dolor, el sufrimiento y la angustia a millares de hogares españoles. Entre 1895 y 1898 murieron en la isla casi 45.000 hombres, de los cuales el 93% fue por enfermedad y sólo el 7% a consecuencia de las heridas recibidas en combate.
cabecera-diario-el_puebloMuchas familias tuvieron que padecer la angustia de no saber realmente qué estaba ocurriendo, cuál era la suerte de los soldados, cuántas calamidades debían soportar, si vivían aún o habían muerto ya en la contienda. Estos, por su parte, se encontraban de pronto ante el horror de la guerra, ante la duda de la vida o la muerte, ante la obligación de matar al contrario y –si conseguían soportarlo- aún les quedaba por delante las penosas condiciones de la repatriación, las secuelas físicas y psíquicas o las escasas posibilidades de reinserción en el mundo laboral.

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La guerra, en su tramo final y decisivo, no fue contra Cuba, sino contra los EE.UU., que fue la gran potencia emergente que no toleraba que otra nación en abierta decadencia –como era España-, se le cruzara en su camino expansionista. Era una especie de relevo entre el viejo imperio y el nuevo imperialismo. Lo que se perdió en Cuba no fue, en definitiva, algo de gran valor material, sino una ilusión, la ficción de ser todavía uno de los grandes poderes coloniales. Pero, sobre todo, era una derrota moral.

España no supo cerrar con inteligencia su etapa colonial y la historia de su decadencia corre estrechamente unida a la de la progresiva irresponsabilidad de su prensa y sus líderes.
Por otra parte, la decepción por el fracaso militar socavó de modo implacable la credibilidad del Estado y, en consecuencia, otorgó una legitimidad a los regionalismos vasco y catalán de los que antes no disponían, hecho que los convirtió en beneficiarios de la crisis. El científico y Premio Nóbel Santiago Ramón y Cajal llegó a escribir que “una de las deplorables consecuencias del desastre colonial fue la génesis del separatismo, disfrazado de regionalismo”.

Pero el fin del conflicto trajo a las familias españolas la mejor de las noticias posibles: un inmenso alivio porque sus hijos ya no tendrían que vestir el uniforme de rayadillo ni combatir, bien fuese en la manigua cubana o en los manglares filipinos, en una guerra que no era suya y que –además- sabían perdida de antemano.