Introducción

1898 representa para muchos españoles el desconsuelo y la amargura. El balance final de aquél año dio como resultado la pérdida de las últimas colonias que le quedaban a España en ultramar (Cuba, Puerto Rico, Filipinas) así como una cantidad enorme de vidas humanas.

Los acontecimientos que se produjeron entonces imprimieron a la sociedad española un estado de ánimo que fue derivando, desde la ilusión y la esperanza hasta la resignación, después de pasar sucesivamente por el enojo y el desencanto.

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El pueblo español tuvo comportamientos, ciertamente, desconcertantes. Por una parte se preocupaba y se conmovía cuando, al son de la marcha de Cádiz, despedía a quienes combatían en las colonias; otras veces parece no prestarle mucha atención al problema, resignándose y buscando el esparcimiento que le evadiera de sus muchos problemas.

A finales del siglo XIX el mundo moderno comenzaba a despertar de la mano de Siegmund Freüd o de Albert Einstein, entre otros. Se anunciaban muchos cambios que transformarían el siglo XX, entre ellos el automóvil, el cine, la aviación, la publicidad, o incluso los Juegos Olímpicos de 1896, los primeros de la época moderna…

Sin embargo, en honor a la verdad la realidad social de España era otra bien diferente: los campesinos trabajaban de sol a sol en jornadas de hasta dieciséis horas, y sin llegar muchas de las veces a un nivel digno de subsistencia. Pero en las ciudades el panorama no era mucho mejor: el paro, los bajos jornales y la mendicidad daban como resultado una clase trabajadora mal alimentada, mal alojada y peor vestida.

El problema social del hambre, de la mendicidad y la enfermedad se resolvían con la caridad, y para ello las instituciones de beneficencia intentaban paliar el problema y atender a una población numerosa de desamparados. Los Ayuntamientos – como muchas Órdenes Religiosas- hacían lo que podían en sus asilos y comedores de caridad, donde cada día se repartían raciones a los infortunados que acudían hasta allí, e incluso en algunos cuarteles se repartía también el sobrante del rancho militar entre los mendigos.

La ola de pobreza fue en aumento a medida que finalizaba el siglo y comenzaba el nuevo. Con la crisis que la guerra produjo, para un soldado que volvía de Cuba era especialmente difícil encontrar trabajo, porque éste no abundaba. Así pues, el ex soldado de Cuba llevará una vida precaria que se hace más angustiosa a medida que las oleadas humanas de repatriados se van precipitando sobre Madrid y otras ciudades españolas. Su situación era especialmente grave por el hecho de que, en general, casi todos ellos habían sido mal pagados o peor aún, no pagados durante su campaña militar.