Expedición “Regreso con honor”

Francisco Javier Navarro Chueca
Arqueólogo

javier-navarro-2006El día 3 de julio de 1898, la Armada Española sufrió ante la bahía de Santiago de Cuba tal vez la peor derrota de su historia frente a la flota de los Estados Unidos.

La escuadra española, al mando del almirante Pascual Cervera y Topete, se encontraba cercada en el interior de la bahía de Santiago, que es un largo y angosto canal, desde el 29 de mayo por la escuadra norteamericana al mando del Almirante Sampson. El general Ramón Blanco, Gobernador militar de la isla de Cuba, ordenó al almirante Cervera que sacase la escuadra a combatir al mar. El resultado fue la destrucción total de la flota española formada por los cruceros acorazados: Infanta María Teresa (buque insignia), Vizcaya, Almirante Oquendo yCristóbal Colón y los destructores: Furor y Plutón.

Según la bibliografía que ha tratado hasta ahora este tema, las cifras oficiales de bajas sufridas señalan 332 muertos y 197 heridos, pero aquí se incluyen todas las bajas habidas en la escuadra durante la guerra y no sólo en el combate del 3 de julio. Se calcula que en la acción de la bahía de Santiago el total de bajas debieron  ser  unas 350, entre muertos y heridos. Dos capitanes de navío: Villaamil y Lazaga murieron a bordo de sus buques, Furor yAlmirante Oquendo, respectivamente.

El punto de arranque del proyecto de localización, excavación y dignificación de los restos de los marinos españoles caídos en el combate naval de Santiago de Cuba lo constituye la lectura de un reportaje periodístico, que refería los acontecimientos de 1898,  tomando como referencia las informaciones que sobre la batalla y los momentos posteriores dio el Capitán Evans, comandante delIowa, uno de los navíos norteamericanos participantes en el combate y en la posterior recogida de prisioneros. En dicho artículo, se recogía el dato de la existencia de una fosa común donde habrían sido inhumados los marinos españoles fallecidos en el combate: “…Ciento y pico de cadáveres arrojados por el mar a la playa fueron enterrados por orden de Sampson en una sola e inmensa sepultura en forma de pozo, abierta cerca de la playa, en terreno arenoso. No se procedió a identificación alguna de los muertos. Sobre la tumba se plantó una gran cruz de madera hecha con restos de los barcos españoles” (Suso Perez. Dominical de La Vanguardia, 21 de junio de 1998. pp. 53 y 54.).

Cuando nos embarcamos en este proyecto de Dignificación de los restos de los marinos españoles, en el verano de 1998, año del centenario de los hechos, partimos del convencimiento de que era un momento propicio para saldar una deuda, todavía pendiente, con esos compatriotas que en cumplimiento de su deber y de una idea común: España, entregaron lo más valioso que puede dar un ser humano: su propia vida.

Además de la motivación de carácter patriótico, que no tenemos ningún rubor en confesar, la ejecución del proyecto reunía los suficientes retos de carácter científico y técnico, que lo hacían sumamente atractivo para cualquier profesional de la investigación arqueológica.

Las primeras indagaciones se encaminaron en averiguar qué se sabía y en qué situación se encontraban los restos de los marino fallecidos en el combate naval. Después de consultar con diversas fuentes, sobre todo en territorio cubano, se llegó a la conclusión de que nada se sabía sobre la fosa común descrita en la noticia periodística, aunque sí había referencias sobre enterramientos individuales en la zona costera, correspondiente al escenario de la batalla. La existencia de un panteón, conteniendo los restos de soldados españoles, en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba, nos hizo pensar en la posibilidad de que los restos de los marinos hubieran sido trasladados al mismo. Pero la ulterior visita a la tumba, la información recibida de la dirección del departamento histórico del recinto cementerial y la consulta bibliográfica relacionada con el tema (Eva Canel. “Lo que vi en Cuba”, Habana, 1915. pp. 200-201), puso en evidencia que los restos que contiene el panteón corresponden a los soldados que murieron en los combates terrestres de El Caney, la loma de San Juan y algunos de los fallecidos en Guantánamo, que fueron exhumados y trasladados a Santiago por iniciativa del General Soto Villanueva y Dña. Concepción Rodolfo de Rivera, que se ocuparon además de proporcionarles una sepultura digna.

La ausencia de datos sobre el destino final de la mayoría de los restos de los marinos caídos durante el combate naval, en claro contraste con lo acontecido con los restos de 31 de los tripulantes de la escuadra española, fallecidos durante el cautiverio en EE.UU., que fueron repatriados en 1916 y sepultados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz), así como la certeza de que se realizaron inhumaciones individuales, a cargo de los supervivientes españoles, en las playas cercanas a los buques destruidos de la escuadra del Almirante Cervera, junto con la referencia periodística del enterramiento colectivo: nos llevó al convencimiento de que en la actualidad  existen, todavía, restos de  tripulantes de la escuadra española, caídos en combate, enterrados de forma individual y/o colectiva en la zona de la batalla. Y que esos restos merecen algo más digno que una sepultura ignota.

Con ese convencimiento y con la evidencia de que todo estaba por hacer, nuestro primer objetivo ha estado dirigido: a comprobar la viabilidad del proyecto, tanto desde el punto de vista técnico, como de la predisposición de las instituciones cubanas hacia el mismo; y a informar y concienciar a la Administración Española sobre este tema.

El presente artículo contiene los resultados provisionales obtenidos en la fase de estudio documental, en la que ha sido fundamental la colaboración entusiasta del Capitán de Fragata de la Armada Española D. José Carlos Fernández. Así mismo exponemos los resultados obtenidos de la prospección arqueológica efectuada de forma parcial en la zona objeto de estudio. Este apartado ha sido efectuado con la colaboración del equipo de arqueología de La Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba y apoyados, una vez más, con la inestimable ayuda del Coronel D. Juan Antonio Álvarez, Agregado de Defensa de la Embajada de España en La Habana. (*)

La investigación documental se ha llevado a cabo mediante la consulta de los fondos existentes en archivos de España, Cuba y Estados Unidos. El resultado de este trabajo, inédito hasta ahora en la investigación histórica, nos ha dotado de una base científica rigurosa y nos ha proporcionado la perspectiva necesaria para acometer las fases posteriores con criterios más ajustados para la consecución del objetivo final. Paralelamente a la consulta documental se ha realizado una revisión crítica de la bibliografía que ha tratado el tema hasta la fecha.

Los primeros trabajos arqueológicos sobre la zona, consistentes en la prospección sistemática de las playas de Nima Nima, Juan González y Aserraderos, que corresponderían a las zonas donde salieron a tierra las dotaciones del Infanta María Teresa, Oquendo y Vizcaya, respectivamente, fueron esperanzadores. En la playa de Nima Nima se han localizado dos posibles enterramientos que podrían corresponder a tripulantes del Infanta María Teresa. Así mismo se han obtenido informaciones  sobre inhumaciones en las playas de Juan González y  en la zona cementerial que existió en la playa de Aserraderos, asociada a un pequeño fortín de origen español que ocupaban las fueras insurrectas en el momento de la batalla naval. Finalmente, se tienen referencias de enterramientos en la zona de La Socapa, que según todos los indicios corresponderían a marinos de la dotación del Reina Mercedes, fallecidos durante la defensa costera de la zona, en cuyo caso serían también incluidos dentro de los objetivos del proyecto.

Sobre la supuesta fosa común del relato del Capitán Evans, no se ha detectado ninguna evidencia externa, lo que podría considerarse, hasta cierto punto, normal, teniendo en cuenta el tiempo transcurrido y que la zona ha sido afectada por, al menos, cinco grandes huracanes en los últimos cien años. Tampoco la investigación documental efectuada hasta ahora ha podido constatar su existencia y ubicación.

No obstante, una serie de circunstancias, tales como: que el combate naval se desarrollara en un escenario cercano a la costa y los buques españoles fueran embarrancados (salvo el Furor, que resulto hundido); que los cuerpos de los fallecidos y gran parte de los heridos durante el combate quedaran, carbonizados, a bordo, debido a los graves incendios sufridos por los barcos españoles a causa de su obra muerta de madera (en este sentido existen testimonios directos de miembros de las fuerzas navales norteamericanas que visitaron las ruinas de los barcos españoles, poco después del combate, y que resaltan la gran cantidad de restos humanos que permanecían repartidos por los distintos puentes del Infanta María Teresa y del Oquendo); que el Infanta María Teresa fuera reflotado y limpiado para ser trasladado en primera instancia a Guantánamo; que en la abundante documentación fotográfica existente sobre las ruinas de los barcos españoles y tomada en los días posteriores a la batalla no se aprecie ningún resto humano.

 


 

costa-cubana_Y teniendo en cuenta el tratamiento honroso que la Marina Norteamericana dispensó a los cuerpos de los fallecidos que fueron recuperados de las aguas el mismo día del combate, como es el caso de los muertos del  Vizcaya y de los que fallecieron durante el traslado a los Estados Unidos. También existe información documental acerca de la recogida por un navío estadounidense de los restos de entre quince y veinte cuerpos de marinos españoles que permanecían flotando entre las ruinas delVizcaya, un mes después del combate, que fueron sepultados en el mar después de rendirles honores militares.

Todo ello nos lleva a pensar: que los restos que quedaron a bordo del Infanta María Teresa y delOquendo debieron recibir un tratamiento similar. Y teniendo en cuenta el elevado número de cuerpos, que según los datos que se desprenden de la investigación documental podrían ser aproximadamente de 150, y de su proximidad a la costa, así como la poca profundidad de las aguas en la zona donde estaban varados los barcos; la información sobre su recogida e inhumación en una fosa circular, en terreno arenoso, cerca de la costa tiene bastante credibilidad.

Finalmente queremos subrayar que conforme avanzaron las investigaciones y las cifras y datos se convierten en nombres y apellidos: es auténticamente sobrecogedor ir tomando conciencia del talante y de la entrega heroica de que hicieron gala los hombres de la Armada Española, en todos los acontecimientos en que participaron.

En los días previos al combate naval, diversas compañías formadas por miembros de las dotaciones de la escuadra del Almirante Cervera y del Reina Mercedes, participaron en la defensa terrestre de la ciudad de Santiago de Cuba, asediada por las tropas norteamericanas e insurrectas cubanas. Al mando de la tropa desembarcada estaba el Jefe de Estado Mayor, Capitán de Navío D. Joaquín Bustamante, que antes de entrar en acción, pidió y obtuvo “un puesto de honor para la Marina”. Ese honor lo pagó con su vida, ya que resultó gravemente herido en el asalto de una trinchera enemiga, muriendo poco después en el hospital militar de Santiago. De los cuarenta hombres que acompañaron a su jefe en aquella acción, solo quedaron ilesos diez, los demás resultaron muertos o heridos de bala.

La demostración de coraje y de espíritu de sacrificio, por parte de las tripulaciones de los navíos españoles, durante el combate naval, está sobradamente avalada por el número de caídos y por las muestras de admiración y respeto dispensadas por los vencedores. En este sentido es impresionante la lista de los hombres que se distinguieron durante la batalla, redactada por el Almirante Cervera, y en la que se relata pormenorizadamente el comportamiento heroico de los mismos.

Después del combate, a los supervivientes prisioneros les quedaba el amargo cautiverio, que fue llevado con entereza y dignidad. En su traslado a EE.UU., seis marinos españoles murieron a bordo del Harvard, causa de los disparos efectuados por sus guardianes: los voluntarios de Massachussets, en un desgraciado incidente y varios más murieron a causas de las heridas recibidas en el combate y por enfermedad, a bordo del buque hospital Solace. Durante su estancia en las prisiones norteamericanas, según datos provisionales, 41 hombres fallecieron por enfermedad. En 1916, los restos de 31 de los fallecidos fueron repatriados y  sepultados con honores militares en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).

Es especialmente ilustrativa, del sentido del deber de los hombres de la Armada, la actuación de aquellos supervivientes del trágico combate, que después de salir con esfuerzo a la costa, pudieron huir e incorporarse nuevamente a la defensa terrestre de la ciudad de Santiago de Cuba.

Después de ir conociendo pormenorizadamente todos estos hechos, cobra todo su valor el epitafio de la tumba de los soldados españoles en el cementerio de Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba: La página más hermosa de la historia de los pueblos es honrar a sus héroes.

También tengo que  reconocer que en el  transcurso de  las  sucesivas visitas  a  los restos de los barcos el ánimo investigador y el disfrute de los magníficos  paisajes naturales se han transformado en un respetuoso recuerdo y profundo   agradecimiento hacia aquellos hombres de la Armada cuyo ejemplo me hace  sentir el orgullo de ser español.

Zaragoza, 14 de octubre de 2002
Fco. Javier Navarro Chueca

 


 

recorte-el-paisESTUDIO DOCUMENTAL Y REVISIÓN BIBLIOGRÁFICA
Estudio documental El trabajo de investigación documental se ha desarrollado sobre los fondos documentales existentes en España, Cuba y Estados Unidos.

La investigación en los archivos españoles ha corrido a cargo del Capitán de Fragata D. José Carlos Fernández Fernández y se ha realizado en los fondos existentes en: Archivo General de Marina Alvaro de Bazan, en El Viso del Marqués (Ciudad Real), Cuartel General de la Armada y Alcalá de Henares (archivos de Marina).

La investigación de los fondos documentales existentes en Estados Unidos se ha centrado en la Library of Congress y en NARA (National Archives & Records Administration). La investigación ha sido realizada por Fco. Javier Navarro Chueca, contando con la colaboración de Richard W. Peuser, Assitant Chief. Old Military and Civil Records. NARA. Washington y de Patrick MckSherry, autor y editor de la página Web: Spanish American War.

En Cuba, los trabajos de documentación, están siendo realizados por los técnicos de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba y su trabajo se ha encaminado al estudio de los archivos correspondientes a las fuerzas insurgentes cubanas depositados actualmente en el Museo Bacardí.

Revisión bibliográfica

Este apartado ha sido realizado por José Carlos Fernández, Capitán de Fragata de la Armada Española; Fco. Javier Navarro, de la empresa Arqueología y Restauración S.L. y Juan Manuel Reyes, de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba.

Se ha efectuado la revisión crítica de todas las publicaciones disponibles, referentes al tema de esta investigación, centrándose particularmente en los datos que pudieran aportar sobre el objetivo del proyecto.

Resultados

Estudio documental en España:

  • Consultadas las Fuentes Documentales sobre Ultramar en el Archivo General de la Marina del Viso del Marqués, así como los DD.OO de Marina de los primeros años del siglo XX, se obtuvieron los nombres, empleos y destinos de los españoles fallecidos en el combate del 3 de julio de 1898, contra la escuadra de los EE.UU. de Norteamérica.
  • Sólo existen 31 actas de enterramiento en Camp Long, correspondientes a los fallecidos en el Hospital de Porsmouth, levantadas por el capellán Matías Biesa Pueyo del crucero “Vizcaya”. Desde 1916, estos fallecidos se encuentran enterrados en la cripta del Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, junto con el marinero del destroyer “Plutón” José Alvariño Gabeiras.
  • Para conocer el posible lugar de enterramiento de los restantes, es necesario contar con al menos tres testimonios de compañeros que los vieron morir. Estos testimonios sirvieron para documentar los expedientes de pensión a la que tuvieron derecho los familiares en aquel entonces.
  • A tal efecto, se consultaron, entre el Viso del Marqués, Cuartel General de la Armada y Alcalá de Henares (archivos de Marina) más de 350 expedientes personales de fallecidos en la contienda, los cuales, casi todos, facilitan el nombre del familiar que solicita la pensión.
  • En el expediente de pensión, sustituyendo al acta de enterramiento se aporta el testimonio antedicho. En algunos casos el testimonio aparece, como así ha ocurrido, en el expediente del fallecido y no en el de la pensión.
  • En otros casos en los que no existía expediente personal del fallecido, hubo que acudir a las solicitudes de los familiares –donde figuraban los nombres de aquellos- relativos a la percepción de los donativos aportados por:
    – La Colonia española en Londres… 20.000 pts.
    – Sr. Perrone de Buenos Aires…15.000 pts.
    – Comisión de obsequios de Puerto Rico… 1.000 pts.

Datos provisionales obtenidos de la investigación documental

TOTAL TRIPULANTES DE LA ESCUADRA: 2.232 HOMBRES

FALLECIDOS EN COMBATE: 282 *

FALLECIDOS A BORDO DEL “HARVARD”: 19 / 20

FALLECIDOS EN EE.UU.: 41

TOTAL DE MUERTOS: 342 / 343

* Los fallecidos en combate comprenden: los caídos en los combates terrestres durante la defensa de Santiago de Cuba y los muertos durante el combate naval.

“INFANTA MARÍA TERESA”
Tripulación: 568 (incluido el Almirante Cervera y su Estado Mayor)
Muertos antes del combate naval: 2
Muertos durante el combate: 78 (13’7 %)
Muertos a bordo del “Harvard”. 4
Muertos en EE.UU.: 3
Total de Muertos: 87 (15’3 %)
Supervivientes: 481

“ALMIRANTE OQUENDO”
Tripulación: 498
Muertos durante el combate naval: 95 (19 %)
Muertos a bordo del “Harvard”:11/12
Muertos en EE.UU.: 19
Total de Muertos: 126 (25 %)
Supervivientes: 372

“VIZCAYA”
Tripulación: 498)
Muertos durante el combate: 68 (13’6 %)
Muertos en EE.UU.: 8
Total de Muertos: 76 (15’2 %)
Supervivientes: 422

“CRISTÓBAL COLÓN”
Tripulación: 527
Muertos durante el combate: 7 (1’3 %)
Muertos a bordo del “Harvard”. 4
Muertos en EE.UU.: 10
Total de Muertos: 21 (3’9)
Supervivientes: 506

“FUROR”
Tripulación: 65
Muertos durante el combate: 16 (24’6 %)
Muertos en EE.UU.: 1
Total de Muertos: 17 (26’1 %)
Supervivientes: 48

“PLUTÓN”
Tripulación: 76
Muertos antes del combate naval: 1
Muertos durante el combate: 15 (19’7 %)
Total de Muertos: 16 (21 %)
Supervivientes: 60

Estudio documental en EE.UU.

De los fondos documentales existentes en Estados Unidos se ha obtenido una importante recopilación de material gráfico coetáneo de los hechos, de la que habría que destacar la situación de los cruceros acorazados españoles, en el momento de finalizar los combates, y las imágenes correspondientes a los días posteriores, donde se reflejan el estado en que quedaron algunos de los barcos.

Entre la información analizada, lo más destacable para el objeto de esta investigación, es la descripción que hace del rescate de las tripulaciones españolas el capellán del Indiana: William G. Cassard (“Rescuing the enemy”. “The Story of the Captains”. The Century Magazine. 1899. pp. 116-118). En el relato se describen las actuaciones que llevó a cabo la Marina Estadounidense en el rescate y la situación en que se encontraban los marinos españoles en la costa. Este testigo directo de los hechos, confirma la presencia de cadáveres en la playa, entre ellos el del Capitán Lazaga, comandante del Oquendo y la existencia de numerosos cuerpos carbonizados a bordo del Oquendo yMaría Teresa, que se encontraban a pocos cientos de pies de la costa. El mismo dato, acerca de la existencia de cuerpos carbonizados en todos los puentes de los barcos destruidos, aparece confirmado en el boletín del día 5 de julio de 1898, firmado por J.J. Greiner, presumiblemente escritor del Escuadrón del Atlántico Norte, bajo el mando del Almirante William Sampson (Squadron Bulletins from the U.S. Flagship New York, Contributed by Mary Healy Smith. Centennial website: The Spanish American War, editada por Patrick McSherry).

Por el contrario, en el informe que realiza el Teniente George Blow, comandante del Potomac, de su inspección de los trabajos que se realizan el 22 de agosto de 1898 (50 días después de la batalla), en la ruina del Infanta María Teresa con el fin de reflotarlo; nada se menciona de la presencia de restos humanos a bordo del barco. Sí se da el dato de la contratación de 30 nativos cubanos, para labores de limpieza de los restos en descomposición procedentes de los almacenes, de los que sólo guardan las lonas y hamacas para ser utilizadas en taponar las vías de agua, y el resto se arroja al mar (Lt. George Blow’s report on the Condition of the Wrecked Spanish Cruiser Infanta María Teresa. Centennial Website: The Spanish American War, editada por Patrick McSherry).

 


 

Reseñas bibliográficas relacionadas con el tema:

CONCAS Y PALAU, Victor M., “La escuadra del Almirante Cervera”, Ed. San Martín, Madrid, 1998.
Cap. XII, pp. 217-221.

Aunque la suerte de las tripulaciones y los incidentes del tiempo que fueron prisioneros de guerra es un asunto secundario para el drama en que acababa de hundirse el poder colonial de España, lo relataremos en breves palabras, no sólo a título de curiosidad, sino también porque no puede ser indiferente a los buenos españoles la suerte de aquellos valientes que lucharon contra lo imposible.

La tripulación del Colón fue transbordada fácilmente a los buques americanos; la del Vizcaya , que, como hemos dicho, estaba sobre los arrecifes de Aserraderos, fue recogida rápidamente por el Iowa y otros buques auxiliares, antes que la subida de la marea pudiera poner en peligro aquella masa de hombres incomunicada con la tierra.

Las tripulaciones del Oquendo y María Teresa fueron a las que les tocó apurar aún más el amargo cáliz de aquel triste día.

Por lo pronto, un núcleo de unos 100 hombres de ambos buques, guiados por el práctico del María Teresa, se internaron en el bosque hasta llegar a Santiago de Cuba; y en ese trayecto, desnudos, sin armas, temerosos de caer en las manos de alguna feroz partida insurrecta, y durante la cual algunos que se extraviaron tardaron hasta tres días en llegar a la Socapa, sin tomar alimento y subiéndose a los árboles para orientarse, sufrieron penalidades que no pueden oírse sin enternecimiento.

La gente del Oquendo se dividió además en dos grupos: uno fue a caer en manos de una partida cubana insurrecta, que les hizo fuego matando a dos, hasta que, al ver que era gente sin armas, los condujeron al campamento del cabecilla Cebreco. La otra, guiada por los oficiales, vino corriendo una vereda de la costa, y se unió a la del Teresa, que estaba como a media legua del sitio en que naufragaron.

La tripulación del Teresa se encontraba en la playa agrupada alrededor de su Almirante; y se estaba organizando aquel campo de horror cuando se presentó un bote americano con orden de recoger al general Cervera. Así lo hizo, teniéndose que arrojar otra vez al mar el General con sus ayudantes, llevando además consigo al segundo comandante del Teresa, capitán de fragata Mac-Crohon, que estaba muy enfermo, así como a mí, que en una improvisada camilla, y sin más movimiento que un poco en el brazo izquierdo, tuvieron que arrojarme el mar, que rompía furiosamente en la playa, experimentando sufrimientos tan grandes como en los humano es posible tolerar.

Dejó en tierra el Almirante al tercer jefe del Teresa, teniente navío de primera clase D. Juan B. Aznar, al frente de aquélla masa de náufragos de los que fueron dos hermosos cruceros; y este distinguido jefe, honra de la Armada, tuvo ocasión de desplegar sus relevantes dotes en circunstancias de una dificultad sin igual. Por lo pronto, con grandes cortezas de los árboles se improvisaron camillas para los heridos, que quedaron acampados bajo toldos de hojas, improvisados y hechos sin más herramientas que las manos; y arrancando las ropas a los que las tenían, los médicos y practicantes improvisaron vendajes que aliviarían en lo posible tanto padecer. La gente fue organizada en grupos de 50 hombres con un oficial a la cabeza, y debía ser un espectáculo profundamente enternecedor ver cómo sin herramienta alguna, y sólo con ramas secas, se abrían sepulturas para los cadáveres arrojados a la playa, y cómo nuestros buenos sacerdotes rogaban a Dios acogiera sus almas entre las de los mártires del deber.

De estos cadáveres pudieron reconocerse el del maquinista mayor D. José Melgares y el del tercer condestable Francisco Martínez Cánovas.

Nota: Víctor M. Concas y Palau era el comandante del buque insignia Infanta María Teresa.

GOMEZ Y AMADOR, Luis. “La odisea del Almirante Cervera y su escuadra: Batalla naval de Santiago de Cuba, 1898”. Editorial Biblioteca Nueva, S. L. Madrid 2001.
Pág. 226.- 

El Vizcaya… A las 12.15 del mediodía varó el buque en el lugar conocido como Bajos del Aserradero, a unos 32 Km. De Santiago de Cuba. Cuando fueron a arriar los botes, sólo uno era utilizable, y lo destinaron para llevar a los heridos a la playa. Los demás recibieron órdenes de abandonar el barco y que se dirigieran a unos arrecifes que se encontraban a unos noventa metros de distancia. Algunos supervivientes no lograron llegar a ellos a causa de los tiburones y de los disparos de un pequeño grupo de guerrilleros cubanos que, según un informe del capitán del Iowa, Evans, los atacó sin misericordia alguna. Un gran contraste con la conducta de los mambises con Cervera y sus hombres. Sin duda no estarían bajo la misma jefatura. Eulate permaneció a bordo hasta que vino a recogerlo, en su última misión, el bote que transportaba a los heridos. Con él estaban su segundo y algunos oficiales. Mientras tanto, aparecieron algunos botes del Iowa para rescatar a los que estaban en el agua y a socorrer a los que ya estaban a salvo.

Sobre el terreno contó el orgulloso y deprimido Eulate que le faltaban 98 hombres… Eulate fue llevado en un bote, con otros oficiales, al Iowa…

En el informe oficial de la participación de su navío en la batalla y de lo acontecido en ella, con gran hidalguía reconoció la conducta de sus captores con él…. Y luego añade: “…murieron cinco al poco de llegar, y se hicieron los mismos honores que emplean los americanos con los suyos…”

Pág. 271.-
El informe del Teniente Carrol

El capitán del buque U.S.S. Newark, C.F. Goodrich, informó al comandante de las fueras navales del Atlántico Norte, el 16 de agosto y desde Guantánamo Bay, que el día 15 estuvieron él y algunos de sus oficiales inspeccionando el Vizcaya para observar los efectos de los impactos de los proyectiles que recibió durante la batalla. Descubrieron “… que un número de cuerpos todavía estaba visible sobre el agua”. Y que él, Goodrich, ordenó que fueran enterrados, encargando esa tarea al teniente Phelps Carrol, quien anotó en un informe los detalles de ese acto piadoso: pidió voluntarios para enterrar los restos de los marinos españoles, y de los que se ofrecieron, seleccionó a los de fe católica. Durante el funeral se leyeron pasajes bíblicos de acuerdo con esa fe religiosa. Según Carrol, el grupo de voluntarios en un bote y bajo las órdenes del teniente Halsey “recogimos los restos de unos siete cuerpos que estaban expuestos a la vista… y en otras partes abiertas del buque. Además de éstos recogimos fragmentos de restos humanos que estaban en otras partes del barco en las que pudimos penetrar; dejando sólo los que estaban bajo agua y en las carboneras ardiendo lentamente, cuyo acceso era difícil y peligroso. El doctor Harmon, el cirujano del buque, meticulosamente desinfectó los restos recogidos y entonces fueron colocados en cajas proporcionadas para este propósito, que una vez pesadas fueron selladas. La enseña nacional habiendo sido colocada a media asta y la compañía del buque en posición de atención a bordo del Newark respondiendo a una señal del teniente Halsey, procedí con su permiso a leer enfrente de los restos las oraciones para los muertos, después de lo cual los lanzamos al mar. Es imposible decir – continúa informando Carrol – exactamente el número y cuerpos que logramos recoger. Pero yo creo que recogimos los restos de entre quince a veinte muertos”.

Nota: El autor, historiador y profesor universitario en los EE.UU. maneja documentos inéditos de los archivos del Museo de la Academia Naval de Annapolis, Maryland.

SANZ PLAZA, José Antonio. “El maldito verano del 98”. Colección: Historia Viva, Edi. Ediciones Temas de Hoy, S. A. Madrid, 1997. Pág. 247

Santiago de Cuba, 9 de julio…..  …como los cadáveres de más de un centenar de marinos españoles seguían flotando en el mar y habían empezado a llegar a las playas que lindan con el oeste con Santiago, el Almirante Sampson ha dado orden a los insurrectos de Calixto García de enterrarlos propiamente, en cementerios improvisados tierra adentro. Así parece que lo han hecho, aunque diversas informaciones del campo enemigo llegadas a oídos del General Toral insisten en que los insurrectos mantienen una relación muy tensa con los yanquis…

Nota: El autor, que firma como José Antonio Plaza, trabajó durante varios años como corresponsal de T.V.E. en Londres. En su obra maneja fuentes documentales procedentes de los archivos norteamericanos. No ha sido posible contrastar los datos expuestos con el autor, ya que falleció hace dos años.

WILLIAM G. CASSARD, Capellán de la U.S. Navy: “The Story of the Captains”. The Century  Magazine. Volumen 58, Mayo. 1899. pp. 116-118.

Mientras el Brooklin, Oregón, Texas y New York todavía perseguían al Colón, otras naves de nuestra flota estaban socorriendo a las tripulaciones de los tres cruceros y dos torpederos españoles.

Los supervivientes del Teresa y el Oquendo habían escapado a la costa, y estaban en un punto cercano al Teresa, elegido porque la playa era lisa y arenosa, mientras que las zonas adyacentes de la costa eran rocosas y escarpadas. Tan pronto como fue evidente que la lucha había acabado, nuestro oficial al mando, el Capitán Taylor, puso en marcha la organización y partida de dos grupos voluntarios de auxilio. Todo el que estaba libre estuvo de acuerdo en ir. La primera partida estuvo al mando del Teniente Benton C. Decker, y fue al punto donde el destructor Plutón había sido embarrancado y abandonado. El señor Decker entró con cuidado, con las armas preparadas para usarlas en caso de resistencia, pues los restos del Plutón estaban tras las líneas españolas al Oeste de Santiago.

Pero los pocos y dispersos españoles no tenían medios, ni disposición a resistirse. Abandonando elPlutón que yacía entre el terrible oleaje, habían sido obligados a nadar hacia la costa, se habían despojado de la ropa y estaban totalmente desnudos. Además estaban heridos y sangrando, a causa del contacto con las rocas, contra las que habían sido arrojados por el mar; y cuando el señor Decker los subió a su bote, yacían medio aturdidos y totalmente indefensos. 17 fueron encontrados en ese punto y traídos a bordo del Indiana, donde fueron recibidos y atendidos con toda la amabilidad posible. Entre estos estaba el Teniente Noval (Alférez de Navío D. José Noval Celis), un joven oficial del destructor Furor. Saltando de su barco hundido, su pié había sido cogido por la hélice y cortado por encima del tobillo. Estuvo en el agua durante un tiempo, y cuando finalmente llegó a la costa, improvisó un torniquete con un trozo de ropa que afortunadamente se le había quedado pegada, y así cortó el flujo de sangre de la herida. Estaba agotado e indefenso, y el señor Decker hizo que los hombres de su grupo lo subieran con cuidado al bote. Cuando llegó al Indiana se decidió que era necesario amputarle la pierna en un punto más alto, pues el hueso había sido expuesto y astillado por el accidente. Esta operación fue realizada en la sala de guardia por nuestro cirujano jefe, el Dr. Ferebee, y fue soportada con gran entereza. El teniente recibió el tratamiento más amable y considerado por parte de todos nuestros oficiales. El señor Decker fue particularmente amable y no paró de ayudar. Fue enviado al Norte en el barco hospital Solace.

 


 

La segunda expedición de auxilio fue directamente a la costa, donde los supervivientes del Teresa y el Oquendo estaban reunidos. Los oficiales de este grupo fueron el capitán Waller del cuerpo de Marines, el Alférez Olmsted, el cirujano asistente Costigan, el cadete Helm y el autor de este relato. Se sabía que encontraríamos muchos heridos en este punto y llevamos grandes cantidades de medicamentos, además de agua y pan duro. Cuando llegamos a la costa vimos un memorable y triste espectáculo. A cada lado yacían las naves Teresa y Oquendo en llamas. Las explosiones a bordo de estas naves eran frecuentes, las armas que habían sido abandonadas cargadas por las tripulaciones al huir, estaban siendo descargadas por el intenso calor. El polvorín delantero delTeresa, con sus toneladas de pólvora, estaba todavía intacto, y los oficiales españoles esperaban que explotase en cualquier momento. Los prisioneros españoles y nuestra expedición de socorro estaban en constante peligro. De todas maneras, el trabajo de auxilio avanzó sin tener en cuenta los riesgos de la situación.

Encontramos alrededor de seiscientos prisioneros de las dos naves. El gran crucero auxiliar Harvardestaba al lado de los restos y sus botes transportaban a los sanos. Teníamos nuestra lancha a vapor y fue usada inmediatamente para remolcar los botes del Harvard. La marea estaba subiendo y nuestros hombres, estabilizando los botes y ayudando a subir en ellos a los prisioneros, la mayor parte del tiempo con el agua hasta el cuello. No se oyó ni un murmullo de queja, y nadie parecía pensar en otra cosa que en el trabajo de socorro. Antes de nuestra llegada a la costa, debido a la ausencia de medicamentos, nada había sido hecho por los heridos, de los que había unos cuarenta. Sólo vimos tres muertos en la playa, que se habían ahogado intentando ganar la costa. El Teresa y el Oquendo estaban sólo a unos cientos de pies de la costa, pero sus tripulaciones agotadas por el horrible cataclismo por el que habían pasado, no estaban en condiciones de pelear con el oleaje, y es sorprendente que se ahogaran sólo estos pocos. Uno de los cuerpos encontrados fue el del Capitán Lazaga del Oquendo, que en varios periódicos se dijo que se había suicidado. Examinamos su cuerpo con cuidado y no encontramos signo de violencia, y fuimos expresamente informados de que se había ahogado. Aquellos que habían muerto en acción fueron incinerados donde cayeron, y sin duda muchos de los heridos que estaban en partes inaccesibles de las naves compartieron un destino similar. Aquellos de nosotros que vimos la rápida y terrible destrucción de los barcos no nos sorprendimos, cuando al visitar posteriormente los restos, encontramos cuerpos carbonizados en todos los puentes.

Empezamos sin retraso a atender a los heridos, algunos de los cuales estaban en improvisadas literas hechas con hojas de palmera, mientras que otros yacían en la arena con sus heridas simplemente cubiertas con trapos. El Dr. Costigan se puso a trabajar y probó estar a la altura de esta emergencia. Demostró una exacta y rápida capacidad de discriminación, seleccionando los casos más urgentes, así como grandes habilidades en su oficio. Otros de nuestra expedición hicieron todo lo que pudieron para ayudar en el trabajo del cirujano, aliviando el sufrimiento. Un cirujano español había escapado, pero estaba con los nervios tan destrozados y tan agotado por las horribles experiencias del día que no pudo ser de mucha ayuda. Aún así le dijo al Dr. Costigan: “Nos hemos rendido, sigo tus instrucciones”. Era uno de los pocos prisioneros que hablaba inglés, y le dije: “La guerra es un asunto triste”. “Sí”, respondió, “pero nos hemos enfrentado a un valiente y cortés enemigo, y el honor español está a salvo. Esto acabará con la guerra”. Todos los prisioneros estaban sedientos y nos encontramos, primero con angustiosas peticiones de agua y después con profundos agradecimientos conforme se la dábamos. Pasaba de las ocho de la tarde, cuando el último prisionero, incluidos los heridos, habían sido enviados al Indiana y al Harvard. Cuando la oscuridad llegó, el fuego de los barcos en llamas proyectaba una pálida e incierta luz sobre la trágica escena, que era reforzada por la luz de una hoguera que nuestros marineros habían encendido; y en el fondo había un grupo de demacrados y medio desnudos soldados cubanos.

Volvimos al Indiana entre las ocho y las nueve de la tarde, y encontramos que estábamos a cargo de más de doscientos prisioneros, al menos por esa noche. Habían sido traídos por nuestros propios botes y por el Hist, y eran sólo la parte proporcional del Indiana, del número total de prisioneros. Muchos de estos prisioneros, como los rescatados por el señor Decker, estaban totalmente desprovistos de ropa, y el hombre que tenía pijama o ropa interior era la envidia de sus compañeros. Los almacenes de nuestra nave fueron revueltos para afrontar esta emergencia. Los españoles aceptaron el nuevo uniforme con calma, filosofía y sin comentarios. Después de la terrible derrota de la mañana, aparentemente habían llegado a aceptar el curso de los acontecimientos. Entre nuestros prisioneros había siete oficiales, sin contar al herido teniente Noval, que eran atendidos en la sala de guardia y tratados con la cortesía debida a su rango. Eran hombres modestos y caballerosos y parecían abrumados por la consideración que se les tenía. A los hombres de la tropa se les dio una cena y hamacas en el puente, donde durmieron en paz. En la mañana del 4 de julio, los heridos fueron transportados al Solace, para ser cuidados con tanta delicadeza como a nuestros propios heridos, mientras que los sanos fueron llevados al Harvard y enviados al Norte, a organizadas prisiones militares. El tratamiento dado a los españoles fue un acto espontáneo de nuestra Armada y demuestra que el marino americano es tan amable como valiente.

Artículo del Capitán de Fragata D. José Carlos Fernández, publicado en la Revista de Historia Naval nº 63, 1998, pp. 77- 87.

SANTIAGO DE CUBA, CAVITE Y BALER

DIGNA REPRESENTACIÓN DE MARINERIA Y TROPA COMBATIENTES REPOSA EN EL PANTEON DE MARINOS ILUSTRES
Cercano el centenario, mucho se hablará sobre aquellos acontecimientos. Habrá plumas que señalarán a los protagonistas del desastre, disculpando a unos y condenando a otros, bendiciendo héroes y maldiciendo anatemas; pero de lo que no hay duda es de la meritoria labor, casi siempre anónima, de las modestas clases de Marinería y Tropa combatientes. De ellas trata el presente trabajo y a ellas va dirigida mi más sentida admiración.

Marinero de 1ª clase JOSE ALVARIÑO GABEIRAS

Desde la época de mi destino como secretario en la Escuela de Suboficiales allá por los setenta, había despertado mi curiosidad el hecho de que un marinero de Sillobre-Fene (La Coruña) -lugar cercano al mío de nacimiento (Puentedeume)- alcanzara tan alto honor de figurar en el monumento a los ilustres marinos. ¿Cuáles habían sido sus méritos? Veamos:

En marzo de 1899 corrió el extraño rumor en Cuba de que habían aparecido los restos del capitán de navío Fernando Villaamil, aquel marino asturiano iniciador en la Nautilus de la instrucción a vela de los guardias marinas; creador del “destroyer”; diputado por Ferrol ganando en votos a Pablo Iglesias, una vez por 9 a 1 y otra después de muerto, y Jefe de la División de torpederos de la escuadra del Atlántico, embarcado en el Furor, a bordo del cual encontró la muerte en aquel aciago día del 3 de julio de 1898 en Santiago de Cuba. El general norteamericano Leonard Wood, gobernador militar del departamento de Santiago, acompañado de varios oficiales, comprobó que a unas cuatro millas al oeste de El Morro, casi enfrente de donde se hallaba hundido el destroyer Plutón, había dentro de una cueva en las rocas de la costa un sillón liado con cuerdas, un cráneo, unos huesos en el suelo y un uniforme destrozado de oficial de la Armada española. El capitán Frederick C. Miller, que mandaba el Wanda, buque de la prensa acreditada en aquel combate, manifestó a Wood que él podía aclarar el misterio y confirmar que aquellos restos eran los del nombrado jefe, ya que había recogido a un teniente español, el cual le rogó se salvara al capitán Villaamil que había logrado llegar a la playa malherido. Continuó diciendo que envió una lancha a tierra, cuya dotación no podía trasladar el cuerpo habida cuenta su estado y carecer de camilla para ello, por lo que mandó seguidamente un sillón, donde sentaron y amarraron al herido, y mientras lo llevaban hacia la lancha, bajo un nutrido tiroteo de los insurrectos, falleció éste, decidiendo entonces la patrulla depositarlo en un hueco abierto por el mar en las rocas, para evitar fuese destrozado por las balas.

 


 

El cónsul español en Cuba Sr. Torroja inició las gestiones cerca del gobierno y la Marina de los EE.UU. para trasladar los infundados restos de Villaamil a España, donde recibirían sepultura en el Panteón de Marinos Ilustres y, como consecuencia, embarcaron en el vapor Monserrat, no sin antes dedicarle una solemne ceremonia de despedida por comisiones españolas y norteamericanas. El capitán del puerto Mr. Young, adversario en el combate pero amigo personal de Villaamil se expresó así: “Quería mucho a Villaamil, fui su gran amigo y el corazón se me subió a la garganta al recordar a aquel gran marino de España. Todos los marinos americanos dedican igual que yo un cariñoso recuerdo a su memoria”. Mr. Young tenía los ojos llenos de lágrimas.

El Monserrat navegaba rumbo a España. ¿Pero eran o no estos homenajeados los restos de Villaamil? Había que encontrar al teniente que, según el capitán del Wanda, pidió se salvase al comandante del Furor y este teniente no era otro que el alférez de navío del Plutón Carlos Boado Suanzes, quien había afirmado ya en un bello artículo publicado en el Mundo Naval Ilustrado del 1º de junio de 1899, que dichos restos no eran de Villaamil, sino del marinero de la dotación de su buque José Alvariño Gabeiras.

Carlos Boado, una vez embarrancado el Plutón abandonó el barco junto con el comandante y los pocos tripulantes que en él permanecían. Subieron a una canoa que hacía agua por falta de espiche, y al objeto de no sobrecargarla, confiado en sus dotes como nadador, se arrojó al mar logrando llegar a la costa por su parte rocosa. Desde la playa le gritó el comandante si por estar más próximo al buque podría salvar a un hombre que se veía a bordo en pie, agarrado a un candelero pidiendo auxilio. Sin dudarlo, provisto de dos salvavidas, uno arrojado por el comandante y otro por un marinero, se lanzó nuevamente al agua. Al llegar al buque pudo observar que aquel infeliz a quien trataba de salvar se hallaba horrorosamente mutilado, ya que estaba muy malherido en la pierna izquierda, tenía el costado izquierdo destrozado a la altura de la cadera y además le colgaba casi por entero, separado a la altura del codo, el brazo del mismo lado. A fuerza de repetidas peticiones logró que se tirase al agua donde pudo rodear el cuerpo con los dos salvavidas, ya que Boado confiaba más en sus propias fuerzas -a pesar de ir vestido con ropa de invierno- que en un salvavidas, pues si aquellos le fallaban, prolongaría sin duda su agonía al quedar a merced de los tiburones que merodeaban por aquellas aguas.

Rechazados varias veces por la fuerte resaca lograron pisar en firme y a unos veinte metros de las arrecifadas rocas, descubrió Boado una pequeña cueva en la que cobijó al desgraciado marinero Alvariño, el cual no cesaba de decir en su lengua vernácula: “¡Ay Don Carlos, nos d´oxe non paso, eu morrome!”, siendo inútiles los esfuerzos para consolarlo. Al manifestar el herido que el agua “faciame moito ben”, se dirigió Boado a la orilla para recoger alguna y refrescar las heridas y llegando al extremo de las rocas, vio al New York que pasaba a tiro de mauser. Creyó que destacarían un bote para hacerlos prisioneros, pero lo que destacaron fue una andanada que milagrosamente no lo envió al otro mundo porque, según él, “Dios lo ha tenido siempre de su mano”.

Ileso del ataque volvió a la cueva por si todavía vivía su infortunado compañero, o si había sido alcanzado por algún proyectil. Estaba vivo, pero sumamente abatido y desconsolado, pidiéndole que siguiera refrescándole las heridas, y que si podía le pusiese algo debajo de la cabeza porque la piedra le lastimaba horriblemente. Se despojó Boado de la guerrera, le arrancó las mangas para hacer con ellas algo parecido a unas sandalias que le permitiesen andar sobre las rocas sin dañar más sus castigados pies descalzos, colocando el resto de la prenda como almohada bajo la cabeza del moribundo. Estando en este trabajo aparecieron un oficial y cuatro marineros norteamericanos armados que le intimaron a la rendición. Le llevaron a una playa y le prometieron que volverían a recoger al herido que quedaba en la cueva. Había allí entre otros botes uno del yate de periodistas a quienes repitió la recomendación respecto al herido. Sacaron de uno de los botes un sillón de manos y se encaminaron a la cueva a recogerlo. Al poco rato volvió el oficial que le había hecho prisionero diciendo que el marinero había muerto, instando a Boado a que embarcase prontamente en el Gloucester.

Quedó demostrado con ello que los restos mortales encontrados no eran del malogrado Villaamil, sino del infortunado marinero del Plutón José Alvariño Gabeiras, y así lo entendió el ministro de Marina, Duque de Veragua, que el 7 de noviembre de 1901, pocos días antes del atraque en Cádiz del Monserrat dirigió una real orden al capitán general del Departamento Marítimo de Cádiz en los siguientes términos:

“No habiendo sido posible identificar que los restos mortales que conduce el vapor Monserrat sean los del capitán de navío don Fernando Villaamil, por el contrario, existiendo en expediente incoado al efecto en este Ministerio, antecedentes que hacen no dudar de que los citados restos mortales son los de un marinero que fue de la dotación del destroyer Plutón llamado Alvariño, su Majestad el Rey (q.D.g), y en su nombre la Reina Regente del reino,

deseando tributar el debido homenaje de consideración a los restos de aquel modesto servidor de la Patria, se ha servido resolver que V.E. se haga cargo de él y disponga lo conveniente para que sean sepultados en el cementerio de esa ciudad, dándole al acto todo el aspecto de consideración y respeto a que es acreedor un mártir de la Patria que, aunque modesto, dio la vida por ella.- Es también la soberana voluntad de su Majestad que, antes de dar sepultura a éstos, permita V.E. al que en nombre de la familia del infortunado Villaamil, se le presente con autorización dada por este Ministerio, reconocerles a fin de alejar todo motivo de duda que aún pudiera haberla no obstante las evidentes pruebas que existen de que no son los del malogrado jefe.”

A las 12 de la mañana del día 19 de noviembre d 1901 salió el vapor Manolito del arsenal de La Carraca para recoger del Monserrat los restos. Iba a bordo el capitán de navío de 1ª clase, comandante general del arsenal, Enrique Santaló y Sáenz de Tejada, acompañado de una comisión del mismo arsenal. Desde la Avanzadilla los trasladaron al Panteón donde quedaron depositados hasta despejar toda duda sobre su autenticidad.

El 17 de junio de 1902 estos restos de Alvariño se exhumaron y condujeron al cementerio católico de San Fernando, presidiendo el duelo el capitán de navío, jefe del E.M, Enrique Sostoa Ordóñez. El día 20 del mismo mes, el Ayuntamiento de San Fernando acordó regalar una lápida en la que se leía: “D.O.M. José Alvariño Gaveiras, Marinero del “Plutón” de la última Escuadra del Atlántico. Murió como bueno en el memorable combate naval del 3 de julio de 1898. R.I.P.A. paz y respeto a los mártires del deber militar. La Marina y el Excmo. Ayuntamiento de esta ciudad le dedican este recuerdo a perpetuidad.”

Una real orden firmada el 5 de febrero de 1904 por el Ministro de Marina Ferrándiz disponía entre otras cosas que aprovechando la llegada a Cádiz de restos provenientes de la escuadra de Cavite se exhumasen los del marinero Alvariño y se trasladasen con aquéllos al Panteón de Marinos Ilustres colocándolos en la fosa que contiene los del capitán de navío Bustamante. El día 21 de marzo se llevó a cabo el acto que presidió el que fue comandante de Alvariño en el destructor Plutón, teniente de navío de 1ª clase Pedro Vázquez Pérez de Vargas. Años después, una real orden del 16 de agosto de 1924 dispuso que reposasen en el centro del crucero del Panteón, junto con los de Cavite, llevándose a efecto los días 16 y 17 de octubre de 1924. Posteriormente, el 19 de noviembre del mismo año se les unieron las 31 cajas de los fallecidos en el hospital de Portsmouth (EE.UU), procedentes del combate de Santiago de Cuba.

Nicolás González Barcia, cabo de cañón, natural de Sillobre, Francisco Rico García, de Anca y Cayetano Aneiros Cabanas, de Serantes, estos últimos fogoneros de 1ª clase, testificaron que vieron a Alvariño, sirviente del cañón de estribor del Plutón muerto, destrozado por una granada americana; pero José Alvariño Gabeiras pudo volver a la vida por unas horas y así alcanzar la gloria de ser el primer marinero que en el Panteón de Marinos Ilustres tuvo cabida.

Cavite y Últimos de Filipinas (Baler)

Al ser puestos a flote por los norteamericanos los cascos de los cruceros Reina Cristina y Antonio de Ulloa, así como el del vapor de la comisión hidrográfica Argos, pertenecientes todos ellos a la escuadra del almirante Montojo, hundida en combate en la ensenada de Bacor (Cavite) el 1º de mayo de 1898, se encontraron restos humanos de marinos españoles fallecidos aquel memorable día.

El cónsul general de España en Manila, Emilio de Perera, llevó a cabo las gestiones para trasladar estos restos a la península, disponiéndose por la real orden de Ferrándiz, ya citada, de 5 de febrero de 1904, que se les diese honrosa sepultura en el Panteón de Marinos Ilustres, tributándoseles los honores de capitán de navío de 1ª clase con mando, por la posibilidad de que entre ellos se hallasen los del capitán de navío Cadarso, comandante del Reina Cristina. La comisión española designada por el cónsul general compuesta por José Iturralde y Juan B. Fernández, recibió en la mañana del domingo 14 de febrero de 1904, de su homónima americana, A.R. Canden y Gustavo Raermurehug, los restos de Cavite (575 huesos y entre ellos un cráneo casi completo), como también los exhumados en el pueblo de Baler, correspondientes a los defensores del sitio de la iglesia de aquel pueblo.

En la despedida y embarque de estos gloriosos restos concurrió una imponente manifestación, tributando las autoridades norteamericanas los más altos honores. Los buques y fuertes de Cavite dispararon los 80 cañonazos de ordenanza y los cañoneros Mindoro y Corregidor los acompañaron desde Cavite a Manila, donde en la iglesia de San Martín se celebraron los solemnes funerales. El agustino Fuentesber pronunció una sentida oración que conmovió a los asistentes, correspondiendo al arzobispo norteamericano entonar el preceptivo responso. Finalizadas las exequias, se llevaron al muelle en un armón de artillería tirado por seis caballos alazanes, embarcando en el vapor Isla de Panay con las notas de la Marcha Real Española, interpretada por la banda americana.

 


 

El día 20 de marzo de 1904 llegó a Cádiz el Isla de Panay y a las 11 de la mañana atracó a su costado la lancha Rubí que traía la comisión de recepción presidida por el capitán de fragata, Jacobo Torón Campuzano. A continuación llegó el comandante de Marina, capitán de navío, Leonardo Gómez Mendoza acompañado del Marqués de Comillas, siendo portadores de una corona de flores y laurel en cuyas cintas se leía: “La viuda de Cadarso a los marinos muertos por la Patria”. La urna se trasladó en una falúa del Extremadura, en cuyo crucero quedó depositada, hasta que al día siguiente se condujese al Panteón, junto con la de Alvariño, procedente del cementerio de San Fernando. El solemne acto del día 21 fue presidido por el capitán general, contralmirante, José Ramos-Izquierdo Castañeda, acompañado del alcalde de San Fernando, Ramón Lobo Ortega y concejales del Ayuntamiento. La urna iba cubierta por un pabellón de combate en un armón de artillería arrastrado por marinería. Los restos siguieron las vicisitudes ya dichas en Alvariño.

Por algún tiempo estuve convencido de que, tanto los restos de Cavite como los de Baler, tenían albergue en el Panteón; ello basado en la afirmación que hacía Juan Cervera Jácome en su obra “El Panteón de Marinos Ilustres”, Madrid, 1926, de que ambos venían en una misma caja y sepultados en dicho Panteón. Pero posteriormente al comprobar las reducidas dimensiones de la caja de camagón existente (48x61x160 cm) caí en la cuenta de que no podía contener los restos de Cavite más la totalidad de los de Baler (Capitán Las Morenas Fossi, teniente Alonso Zayas, cabo Chaves Martín, fray Cándido Gómez, soldados Rovira Mompó, Donat Pastor, Lafarga Abad, López Lozano, Fuentes Damián, Larrode Paracuellos, Navarro León, Izquierdo Arnáiz, Alonso Medero, Sanz Miramendi, Santamaría Aparicio y José Petanas y, posiblemente los ejecutados González Toca y Menache Sánchez ). El “Diario de Cádiz” me dio la pista y “La Vanguardia” la solución: el Isla de Panay llegaba a Cádiz procedente de Barcelona, en cuya ciudad condal atracó el 16 de marzo de 1904, habiendo entregado dos urnas (una del Capitán de Las Morenas y otra de los restantes combatientes del sitio de Baler) a una comisión madrileña, formada por los comandantes de Infantería, Donoso Cortés y Montilla, y teniente Las Morenas. El día 18, a la llegada de la comisión a Madrid, les esperaba un numeroso cortejo, encabezado por el Ministro de la Guerra. Las dos urnas se colocaron en sendos armones de artillería, dirigiéndose el cortejo hacia el cementerio del Este. Ante la estatua de Espartero se rezó un responso y se despidió el duelo.

Fallecidos en el hospital de Portsmouth (EE.UU.)

Después del combate de Santiago de Cuba, los oficiales españoles hechos prisioneros fueron llevados a bordo del Saint-Louis hasta la Escuela Naval de Annapolis, donde quedaron alojados. El resto de las dotaciones los llevó el Harvard a la isla de Seaveyes de Portsmouth (New-Hampshire). Allí, en el hospital de Portsmouth, fallecieron 31 hombres de los cuales, durante mucho tiempo se gestionó, sin resultado positivo, su traslado a España. Es muy probable que no todos los fallecidos lo fueran de resultas del combate, sino debido a la precipitación en los gatillos de los “valientes” del 9º regimiento de Massachusettes, a bordo del Harvard, ante una pseudorebelión de los prisioneros españoles.

Con ocasión de un viaje a Nueva York del transporte Almirante Lobo, que debía traer material de guerra a España adquirido en EE.UU, pudo ofrecerse la oportunidad deseada y el 12 de abril de 1916 embarcó las 31 cajas con los restos mortales de aquellos hombres, llegando a Cádiz el 29 del mismo mes.

 

El 3 de mayo, rendidos los honores de ordenanza, se trasladaron al Panteón de Marinos Ilustres y se inhumaron solemnemente, ocupando una amplia fosa en el lugar en que actualmente se encuentra el bello monumento a las clases de Marinería y Tropa. Una real orden de 31 de octubre de 1924 disponía que pasasen a la fosa abierta en el centro del crucero del Panteón, a cuyo efecto, se llevó a cabo la traslación el 19 de noviembre, donde estaban ya los de Cavite y Alvariño, nombrándose una comisión compuesta por el coronel de artilllería, Luís Bustamante de la Rocha, hijo del de las Lomas de San Juan (Cuba); capellán mayor, José Cordero Piano, y teniente de ingenieros Manuel Luna. En abril de 1928 se modificó y reforzó la fosa al objeto de poder sustentar el mausoleo mandado erigir por real orden de 26 de mayo de 1924. Este mausoleo, realizado por el escultor Gabriel Borrás Abella, quizás la obra más hermosa del Panteón, estuvo situado en el crucero hasta que con motivo de las últimas obras, allá por los años 50, se llevó al emplazamiento actual. Las 31 cajas correspondían a:

Crucero Vizcaya

Practicante Santiago Pozo y Pos, Cádiz
Mº1ª Antonio Barcia Crespo, Estrivela (Pontevedra)
Mº Ramón Romero Dosil, Muros (La Coruña)
Mº Anselmo Alsasua Zuloaga, San Sebastián
Soldado I.Mª Baldomero Fernández Parapar, Mañón (La Coruña)
Soldado I.M. José Tejera Fernández, Tagle (Santander)

 

Crucero Oquendo

3º Condestable Manuel Rodríguez Barrios, Bornos (Cádiz)
Fogonero 1ª Agustín Vales Couce, S. Salvador de Leiro- (La Coruña)
Artillero 1ª Isidro Beceiro Rodriguez, S. Juan de Esmelle (La Coruña)
Fogonero 2ª Francisco Díaz Ferreiro, Serantellos-Ferrol (La Coruña)
Fogonero 2ª José Veiga Seoane, Santa María deNeda (La Coruña)
Mº 1ª José Bermúdez Outeiral, Cangas (Pontevedra)
Mº 1ª Jacinto Suárez Ventura, Miravalles (Vizcaya)
Mº 1ª Marcelino Coello Fernández, Villagarcía (Pontevedra)
Mº José Vilar Toimil, ?
Mº 1ª Francisco Núñez Chapela, Boeu (Pontevedra)
Mº Miguel Lloret Pérez, Denia (Alicante)
Mº Fernando Lago Martínez, Tres (Pontevedra)
Mº José Rivas Chapela, Moaña (Pontevedra)
Mº Domingo Solano Calleja, Argoños (Santander)
Mº Juan Pérez Salvador, Puerto S.Mª (Cádiz)

Crucero Colón

Artillero 1ª Francisco Martínez López, Cartagena (Murcia)
Mº 1ª Celestino López Méndez, S.Andrés de Carroedo (La Coruña)
Mº 1ª Daniel Hormaechea Naverán, Bermeo (Vizcaya)
Mº 1ª Ciriaco Ochoa Bringas, Laredo (Santander)
Mº José M. Berdiñas Abruñedo, La Coruña
Mº Manuel Leiras Bonome, Fremelle-Monfero (La Coruña)
Mº Antonio Fernández Grande, Torrevieja (Alicante)
Mº Indalecio Rivas Fernández, Coiro (La Coruña)
Soldado I.M. Manuel Carrión Casado, Sevilla

Crucero Infanta María Teresa

Mº 1ª Antonio Dopico Basco, Ferrol (La Coruña)

Probablemente muchos familiares ignoren que un ser querido reposa en tan digna sepultura. Los nombres y lugares de nacimiento encenderán sin duda la luz del lejano recuerdo de aquel muchacho que un día embarcó para derramar su joven sangre en una dolorosa guerra, y así, después de cien años, podrán estos familiares tributarle, al menos, un piadoso homenaje. Yo lo haré con una oración. ¿Y la Armada?. Hermoso sería que un buque depositase en aguas de Santiago de Cuba una laureada corona y este honor bien podría recaer en el Contramaestre Casado, buque que recuerda a aquel mugardés que en hazaña similar a la de Carlos Boado consiguió rescatar del Infanta María Teresa a Ricardo Bellas Rivas, cabo de mar que, éste sí, logró sobrevivir a sus múltiples heridas.

Azcarate, Pablo: “La guerra del 98”, Alianza editorial; Madrid, 1968.

Pablo Azcarate en este libro se dedica a comentar las diferentes fuentes que refieren las pérdidas en el combate naval de 1898 en la bahía de Santiago de Cuba: por ejemplo, apoyado por Chadwick, da cuenta de las bajas expuestas por Concas, 323 muertos y 151 heridos (2227 hombres) y cita a Fernández Almagro cuando dice que resultaron 350 muertos, 160 heridos 1670 prisioneros. La alusión a Muller y Tejeiro es contentiva de la consideración de éste acerca de que los tenientes Bustamante y Caballero junto con el guardamarina Navia y 150 hombres atravesaron las filas insurrectas, llegando a Santiago. Toma también otra referencia de Chadwick en la que se detalla que el número de personal y bajas ocasionadas durante el conflicto es: 1720 marineros y 93 oficiales, de los cuales debieron morir 264 y no los 323 de que habla Concas. ( pág. 190 ). Otras alusiones del autor precisan que entre los prisioneros figuraba el Almirante Cervera y entre los muertos Villamil, Comandante de la flotilla de destructores, y Lazaga, capitán del Oquendo. Respecto a esto último resalta, además, las importantes declaraciones de W. G. Cassard, capellán del Indiana, quien formó parte de la segunda expedición, enviada especialmente por su capitán para recoger los náufragos del Teresa y del Oquendo. Este capellán en cuestión rechaza la versión publicada por varios periódicos (y que recoge Fernández Almagro, pág. 121) según la cual Lazaga se suicidó en la cubierta de su barco, después de haber dirigido el salvamento de su tripulación. Comenta Cassard que con los 600 supervivientes, encontraron en la playa los cadáveres de tres marinos que, sin dudas exhaustos, se habían ahogados, uno de ellos el del comandante Lazaga que no presentaba marca alguna de violencia y que todos afirmaban haber muerto ahogado.

Otras referencias:

  1. De los heridos españoles existentes en el buque hospital muere (al menos, n.d.a ) un herido, cuyo cuerpo es lanzado, luego de su respectiva ceremonia fúnebre, al agua. (Azcárate, Pág. 124)
  2. Los prisioneros españoles con excepción de 48 gravemente heridos quedaron en el buque hospital Solace (Azcarate, Pág. 126)
  3. Ver libro de Fernández Almagro: “Historia política de España contemporánea”, Madrid, 1956, Editorial Madrid.

 


 

Gómez Núñez, Severo: “La guerra hispano americana. Santiago de Cuba”. Imprenta del Cuerpo de Artillería, Madrid, 1901, 242 p.

Severo Núñez difunde en su obra los partes enviados al almirante Cervera por los oficiales que quedaron al frente de los buques después del desastre, incluido las propia descripción que hace del destino del Teresa el máximo responsable de la flota española.

Acerca de ello Cervera dice que el barco estaba perdido “siendo necesario dirigirse a una playa al oeste de Punta Cabrera donde embarrancaron”. Más adelante afirma que cuando el fuego llegaba al puente de proa eran ayudados por dos buques americanos que llegaron como tres horas después de la embarrancada. (pág.187). Se dan como bajas de ese buque los marinos que a continuación se relacionan:

Heridos: Tte. de navío Antonio López Cerón y Alférez Ángel Carrasco.

Muertos: capitán de infantería de marina Higinio Rodríguez (muerto por un proyectil posiblemente), alférez de navío Francisco Linares, segundo médico Julio Díaz del Río, maquinista mayor Juan Montero y maquinista de segunda José Melgares, cuyo cadáver salió a la playa.

En la pág. 188 es notable la descripción que hace Cervera sobre la situación acontecida en el buqueAlmirante Oquendo: “todos los artilleros de la torre de proa muertos, la torre de popa sin su Comandante”. Ese siniestro relato es completado más adelante con estas otras reseñas: “Comandantes segundo y tercero y tres tenientes de navío muertos, el salvamento de los supervivientes fue organizado por su Comandante que había perdido su vida por salvar la de sus subordinados“. Relacionado con esto mismo cuenta de la ayuda prestada por los buques americanos e incluso por un insurrecto que ofreció una balsa. La alusión a su encuentro con las tropas cubanas durante su estancia ya en tierra la narra Cervera así: “los insurrectos con los que yo había hablado me habían dicho que ellos tenían unos 200 hombres, entre los que tenían cinco o seis heridos” a aquellos les expresó finalmente el Almirante “les agradecería que curara a una porción de heridos que teníamos en la playa, algunos de ellos muy graves”. (pág. 189).

También, vinculado al destino nefasto de este propio buque se destaca a partir de la pág. 194 el parte del Tte. de navío Alondra a Cervera : “en el momento del desembarco llena de muertos y heridos las cubiertas; las baterías de tiro rápido tiene muertos o heridos a casi todo su personal, contándose entre los muertos el Segundo y Tercer Comandante” (pág. 195). En otra de las páginas, la 126, se menciona un registro de muertos: en la torre de proa, el Comandante de ella, el Tte. de navío D. Eugenio Rodríguez Barcena y el tercer condestable Francisco García Puello, quedando mal herido José Anerosa Sixto. Como muertos en popa se señalan a su Comandante y Tte. de navío Alfonso Polanco y Navarro, queda herido el alférez de navío Emilio Pascual del Povil.

Las descripciones más importantes sobre el parte realizado por el capitán de navío Eulate, perteneciente al Vizcaya, al almirante Cervera se exponen desde la Pág. 197 hasta la 200. En la 198 aparece la siguiente descripción de Eulate: “se puede asegurar que el número de victimas de ambas baterías a las dos horas de comenzado el combate de 70 u 80, en su mayoría muertos y entre ellos el Comandante de la baja Tte. de navío Julián Ristory y Torres”.

Pág.200: “En el último bote de heridos fuimos embarcado por el tercer Comandante y oficiales y transportado a tierra y allí me recogió un bote americano que me condujo al Iowa, dándome cuenta después el segundo Comandante de que a bordo no habían quedado más que los muertos”.

Pág. 200: “De los heridos conducidos al Iowa, murieron cinco a las pocas horas de llegar, y se hizo su entierro con los mismos honores que emplean los americanos con los suyos…”.

Parte del Furor: (Del Tte. de navío de primera clase Diego Carlier al Almirante Cervera ) páginas 201 a 202.

Pág. 202: “y teniendo más de la dotación fuera de combate y el barco sin gobierno ni máquina, dispuso el jefe a arriar la bandera y los botes, y que en estos y los salvavidas se fueron a tierra los que pudieron hacerlo, cuya orden di al segundo Comandante alcanzando algunos proyectiles a varios de los que a nado se dirigía a tierra”. Más adelante sigue describiendo el oficial Carlier: “Reconstituida la lista de la dotación de 75 hombres han quedado ilesos 11 individuos, 8 muertos han podido identificarse; 10 heridos han sido recogidos, y de los 45 individuos restantes que figuran en la lista como desaparecidos, aunque algunos quedaron en cubierta y no fue posible su identificación y otro lo fueron en el agua, abrigo la esperanza que deseo ver confirmada, de que una parte de ellos halla llegado a tierra”. Entre los muertos Eulate identifica al capitán de navío Fernando Villamil.

Parte del Plutón: Del Tte. de navío de primera clase Vázquez al Almirante Cervera (pag. 202-203).

El resumen que hacemos de lo descrito, por páginas, refiere las principales informaciones de Vázquez: “…continuó el buque su marcha avante y embistió contra las rocas, destrozando por completo su proa. Por este sitio saltó a tierra una parte de la dotación, otros se echaron por estribor, ganando algunos tierra”. Vázquez se marcha en canoa a tierra y luego de su rendición es conducido al San Luis desde donde hace este informe que concluye así: “De la dotación nos encontramos presentes 21 individuos, entre estos están cinco heridos, los restantes componen el número de muertos y desaparecidos, según relación que ya tuve de dar a vuestra excelencia”. (Pág. 203)

Nota: Severo Gómez Núñez, oficial e historiador militar español de la época en que sucedieron los acontecimientos.

Muller y Tejeiro, José : “Combates y capitulación de Santiago de Cuba”, Madrid, Imprenta Felipe Marqués, 1898, 230 pág.

Muller en su libro describe, por días, la suerte corrida no solo por la marinería de los buques que trabaron combate con los buques norteamericanos, sino que también relaciona los principales momentos de la batalla en las distintas plataformas defensivas de la bahía, como El Morro y La Socapa, muestra particular interés en las bajas acontecidas a las huestes de la marinería del Reina Mercedes, ya sea a bordo de esa embarcación o en sus posiciones defensivas en tierra. También da detalles del desenlace que tienen las tropas españolas durante sus combates en otras zonas costeras como “Siboney” y “Sevilla”. Las principales anotaciones las destacamos a continuación:

Sobre el ataque al buque Reina Mercedes y sus bajas (pág. 110). Respecto a ello nos dice que esta embarcación resguardada por los montes de La Socapa “recibió en su casco o en su arboladura 35 granadas o cascos de ellas, ocurriendo dos incendios”, agrega que el capitán de fragata Emilio Acosta y Eyerman extinguía uno de estos “cuando una granada llevóle la pierna derecha por la cintura y la mano del mismo lado además”. Del destino de este último y otros marinos expresa: “Como en el buque no había sitio seguro, llevaron su cadáver a una playa de La Socapa donde depositaron también los de los cinco marineros muertos ese mismo, cubriéndolos con la bandera que habían defendido y por la cual murieron”.

Detalles de lo ocurrido por días en El Morro y La Socapa no los plasma entre las páginas 117 y 119. En la primera de esta y la que le da continuidad señala: “16 de junio, El Morro: un artillero muerto y un oficial y cinco soldados heridos (artilleros)“.

Pág. 118. “En La Socapa dos marineros muertos, heridos por segunda vez el alférez de navío Broquetas y cuatro marineros. A las 11 y 15 llegan al muelle real cuatro marineros de La Socapa que fueron conducidos al hospital militar, el más grave en una camilla al cuartel de bomberos, los otros tres en carruajes. El día 12 llegaron al Morro y fueron conducidos al mismo hospital un segundo Tte. y un artillero“.

Pág. 119. “Fuerte detonación en los muelles de Luz y San José, se produjo en la goleta Trafalgar al descargarse una granada, mató a un marinero del vapor San Juan, e hiriendo a tres del Mortea, murió uno momentos después“.

Pág. 160. “Día 2 de julio: cuatro heridos en La Socapa, una granada que explotó sobre un cañón mató a tres e hirió a seis, destruye el Hontoria”.

Día 16: “Dos muertos en La Socapa y hubo dos oficiales y varios heridos entre esta y elMorro.

MUERTOS HERIDOS

Día

Lugar

Grales.

Jefes

Oficiales

Tropa

Grales

Jefes

Oficiales

Tropa

6

Morro

2

1

4

25

6

Estrella

1

6

Cayo Smith

2

6

Socapa

8

6

Mazamorra

11

6

Reina Mercedes

1

5

10

14

Socapa

1

6

14

Morro (1)

10

16

Socapa (2)

6

21

Morro

3

22

Sevilla (9)

3

24

22

Aguadores

1

6

22

Daiquiri

1

5

25

Aguadores

2

1

26

Morro

8

2

Morro

 


 

Bajas que tuvo la dotación del Reina Mercedes ya sea a bordo, La Socapa, Punta Gorda y el Morro (Pág. 193)

– Segundo Comandante ,capitán de fragata, Emilio Acosta (muerto)
– Artillero de segunda, Rafael Rodríguez (muerto)
– Cabo de mar d primera, Jesualdo Díaz (muerto)
– Marinero de primera, Domingo Hermida (muerto)
– Soldado de infantería de marina, Manuel Lozada (muerto)
– Soldado de infantería de marina, Vicente Romay (muerto)
– Segundo contramaestre, Antonio Rodríguez Díaz (herido grave)
– Cabo de mar, José Casteleiro (herido grave)
– Cabo de mar, Domingo Lastra (herido grave)
– Marinero de primera, Emilio Navarro( herido grave)
– Marinero de segunda Juan Burgos (herido grave)
– Soldado de infantería de marina Agustín Zamorano (herido grave)
– Fogonero de segunda, Felipe Cazón (herido grave)
– Artillero de mar de primera, José Vila (herido grave)
– Marinero de primera, Antonio Mora (herido grave)
– Cabo de mar de segunda, José de Arraría (mortal de necesidad )
– Soldado de infantería de marina José Blanco (mortal de necesidad)

José Muller comenta además como él vio, luego de conocer de lo ocurrido a través del práctico Miguel López, como sucedieron las labores de rescate, orientadas para socorrer a los náufragos, principalmente del Teresa, el Oquendo y el Furor. El práctico informa que los dos primeros buques mencionados habían varado en la costa próximos uno al otro al oeste de punta Cabrera, que habían muchísimos más, heridos algunos y cansados todos en camino, (Pág. 169) y “… que según decían estos náufragos en cabañitas debían encontrarse más”. (Pág. 172).

Sobre el auxilio (Pág. 172) salieron a recogerlos en el remolcador Esmeralda el Segundo Comandante de Marina y Alférez, señor Nardiz, con el práctico López y 10 marineros armados. También fueron las fuerzas del ejército en el vapor Colón a proteger a los que estaban por los caminos y veredas. Esta última descripción nos parece a todas luces incierta, quizás utilizada para justificar, como otros grandes oficiales, su máxima responsabilidad el los momentos finales del trágico desenlace.

La suerte de muchos supervivientes es resaltada en el libro mediante las supuestas declaraciones de los tenientes de navío Caballero y Bustamante.

Furor (Pág. 181) Informa el Tte. de navío Caballero: “Trepé el farallón de Punta Cabrera y en el estuve tendido un cuarto de hora que continuó el fuego, luego me interné en el monte y encontré 25 hombres . A las dos horas divisamos la playa encontrando al Tte. de navío Bustamante con un grupo de náufragos del furor y algunos del María Teresa. A eso de las tres y media alcanzamos el puerto de cabañas que tuvimos que atravesar a nado”. Llegan finalmente a las 9 de la noche a La Socapa.

Ahora reproducimos resumidamente lo que expresa el Tte. Bustamante (Pág. 182): “Muere el contramaestre Dueñas. Villamil manda abandonar el barco, echándose al agua el que declara a unas tres millas de la costa con parte de la dotación”. Luego Bustamante ratifica el encuentro con Caballero.

Listado de bajas que se reportan para los diferentes días en el libro: contempla otro sitios costeros y de tierra adentro.

Pág.220. “Día 11. Durante todo el día ingresaron 46 heridos en el hospital militar, hubo 7 muertos“.

Pág. 220. “Aguadores. 7 muertos de trinchera y 47 heridos”.

Pág. 223. “Las bajas tenidas por nuestra parte son: el día 10, seis muertos y 29 heridos, y en el de la fecha, un muerto y cinco heridos y un contuso, total de dos días 42 bajas“.

Pág. 195. “Muchos fueron asesinados en el campo por los insurrectos a tiros y a machetazos“.

“Bajas en Siboney y Sevilla día 24. Playa Siboney, siete muertos: capitán del provisional de Puerto Rico José Lances, Segundo teniente del mismo Zenón Obregón. Heridos graves teniente del regimiento de caballerías Francisco de Tortas, dos de tropas, además hay dos leves y varios contusos”. ( pág. 136 )

Nota: José Muller y Tejeiro, oficial participante en los hechos acontecidos durante la batalla naval del 98, máximo responsable de la defensa del Morro de Santiago de Cuba,

Wecke, Carlos: “Patria y Libertad”, Ramentol Impresores, Camaguey, Cuba, 1928.

En este libro el autor se dedica a desmentir la tesis del corresponsal de guerra Irving Hancock (Lo que un hombre vio), difundidas en el libro de W. A. A. Goode “Con Sampson durante la guerra”, según la cual los cubanos cometieron abusos con los náufragos de la batalla naval (ver Pág. 58 de Wecke). Utiliza el oficial cubano para argumentar su desmentido diferentes fuentes, incluidas las norteamericanas. Entre ellas cita la del Tte. del Hits, Hazeltine, quien se había hecho eco de que en Aserraderos, los cubanos ayudaron al rescate de la tripulación del Vizcaya y dieron la “primera cura” a algunos hombres heridos.

A partir de la página 59 se dedica Wecke a hacer alusión a lo descrito por el coronel Carlos García en su libro “La guerra hispanoamericana”, (pág.76) : “Un oficial reportó que el Tte. Coronel Vaillant, jefe de las fuerzas cubanas en Aserraderos, bajo las ordenes de Cebreco había capturado al Contralmirante y a casi todos los supervivientes de la destruida escuadra española, escapando otro posiblemente hacia Santiago”. Los prisioneros fueron entregados a oficiales de la marina americana, dándole a los oficiales cubanos, recibos de constancia.

En la pág. 61 se menciona al libro de George Edward Grahan. “Schley y Santiago” que es portavoz de disparos hechos por los cubanos a los españoles en la costa. La posición contraria a ello la define finalmente Wecke en esa propia Pág. con los comentarios expuestos por Mr. Stphen Bonsal en su obra: “La batalla de Santiago”: “El general García tenía en su poder acuses de recibo de los varios comandantes de los distritos militares, en los cuales los cubanos habían estado operando, en los cuales hacían contar, que él (García) había devuelto en buenas condiciones a más de dos mil soldados españoles”. (pág.442):

Nota: El autor es el Comandante del ejército Libertador de Cuba.

Breve referencia al libro de Felipe Martínez Arango: “Cronología critica de la guerra hispano-americana”, Instituto cubano del libro, editorial Ciencias Sociales, La Habana, , 1973, Pág. 97.

Por su importancia, hacemos mención a los escasos datos disponibles que existen sobre la presencia de oficiales insurrectos en el escenario a donde fueron a parar los náufragos españoles luego del combate naval. Sobre el particular, expresó este autor en su libro: “Los primeros miembros del ejército libertador que llegan junto al almirante Cervera en la playa Nima Nima fueron Pablo Dalé, Donato Ramos y Santiago (chago), Cuesta Felizola, Tte. ayudante del regimiento Cuba Nº 2” ( a cuyo mando estaba Candelario Cebreco ). Pág. 98

Por otra parte, Martínez nos da la localización geográfica de los buques en su destino final: “Furor yPlutón entre la boca de Cabaña y cabo Cruz…, María Teresa se pierde en la punta de Cabrera…, elAlmirante Oquendo entre las playas de Nima Nima y Juan Gonzáles…, el Vizcaya junto a la punta del Moquenque en el Aserradero… y el Cristóbal Colón, cerca del Turquino“.

Nota: Felipe Martínez Arango es un destacado historiador cubano, nacido en Santiago de Cuba, cuya prolífera obra, incluida la que aquí mencionamos, ha sido reconocida con premios y menciones en diferentes Congresos Nacionales de Historia, desarrollados durante las décadas del 40 y el 50 del siglo XX.

Abdala Pupo, Oscar Luis: “La intervención militar norteamericana en la contienda independentista cubana”. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1998, pag 188.

El libro de Abdala, publicado relativamente reciente, constituye un examen crítico de lo expuesto en numerosas fuentes documentales que abordan el desastre del 98. De todo ello nos resulto de más interés, en razón de la carencia de datos al respecto, la mención que se hace en el texto a lo expuesto por diferentes autores con relación al encuentro entre las tropas náufragas españolas y las cubanas:

En la pág. 188 Abdala reproduce primero lo escrito por Francisco E. Miranda en su libro, “La emigración al Caney” (pág. 20): Cervera con 154 hombres de 600 que intentaron ganar la costa cayó preso de Cebreco, ese apresamiento lo llevó, el también ciudadano Tte. Co. Juan Vaillant, siendo entregados por documentos a la escuadra americana. Más adelante Abdala, después de ratificar que Vaillant es subordinado de Cebreco, cita el testimonio realizado por el coronel del ejército libertador Carlos García Vélez en el que se expresa que el día 6 de julio el general Cebreco, hermano de Candelario había recibido un informe oficial contentivo de que el Tte. Co. Vaillant jefe de las fuerzas cubanas en Aserradero, había capturado al contralmirante Cervera y a casi todos los supervivientes de la destruida escuadra española.

Nota: El autor, ahora jubilado, trabajó durante muchos años como historiador de la Academia de Ciencias en Santiago de Cuba y como director del Archivo Provincial de Oriente, enmarcado en esa propia localidad.

 


 

Situación de los restos de los barcos de la escuadra, en dirección E-W:

El escenario del combate se sitúa entre la bocana de la bahía de Santiago de Cuba y la desembocadura del río Turquino (aproximadamente a 100 km. al Oeste de aquella), donde embarrancó el Cristóbal Colón.

Los destructores Furor y Plutón, se encuentran hundidos frente a la Playa Mar Verde a 6 km. de la salida de la Bahía de Santiago de Cuba. El Furor está prácticamente sepultado entre los cinco y  diez metros de profundidad, aunque se puede observar todavía, bajo las aguas, uno de los seis cañones que montaba. El Plutón yace a 18 m. de profundidad. Conserva las calderas y otros elementos esparcidos por el fondo. Hace unos pocos años se extrajeron varios proyectiles, aún sin explotar y una brújula.

El Infanta María Teresa fue a embarrancar cerca de Punta Cabrera, de costa rocosa. La tripulación superviviente salió a la playa próxima de Nima Nima, situada a 12 Km. de la bahía de Santiago de Cuba. Los restos del buque insignia fueron reflotados, días después del combate naval y llevados a Guantánamo, donde se le practicaron unas breves reparaciones. Posteriormente fue remolcado hacia los EE.UU. por el Vulcan, de la Marina estadounidense. En las proximidades de Cat Island (Bahamas), una fuerte tormenta obligo a soltar las amarras y el Infanta María Teresa se perdió. Actualmente permanece hundido en aguas poco profundas y es utilizado como reclamo turístico por parte de algunas agencias de turismo de la isla, especializadas en inmersiones submarinas.

El Almirante Oquendo, quedo embarrancado sobre terreno arenoso, a escasa distancia de la playita de  Juan González, La gravedad de los daños recibidos en el transcurso del combate y del incendio sufrido, provocó que  el buque quedara en estado de ruina, por lo que no se trató de recuperarlo como trofeo de guerra. Sus restos reposan en la actualidad a un centenar de  metros de la costa, emergiendo de la superficie marina uno de sus dos cañones principales  de 280 mm. Ha perdido todos los componentes de madera de la cubierta y las pesadas planchas que la cubrían están prácticamente sedimentadas. Ahora conserva sólo las calderas y los cañones principales, uno de los cuales es el que se puede observar a simple vista desde la carretera Granma. La estructura que más ha resistido el paso de los años es el sistema de calderas que, por estar ubicadas debajo de las cubiertas principales, recibió menos impactos de la artillería enemiga. Aunque no se ven las piezas de artillería de menor calibre, hay esparcidos por el fondo elementos asociados a compartimentos, ojos de buey, bordas y otros, según relato del veterano buzo especialista cubano, ya fallecido, Soberats Trigueros.

El Vizcaya, embarrancó en los bancos de arena situados en las proximidades de la Playa de Aserraderos (aproximadamente a media milla de la costa). El buque sufrió graves incendios a proa y popa y la explosión de varias calderas. Sus restos reposan sobre el lecho arenoso de los “bajos de Aserraderos”. En la actualidad se puede observar desde la costa, como aflora de la superficie del mar la torre de un cañón de 280 mm. y otras partes de cubierta.

El Cristóbal Colón fue embarrancado en la desembocadura del río Turquino y se abrieron los grifos de fondo, lo que provocó que se anegara. El buque norteamericano Oregon, trató de remolcarlo, pero elCristóbal Colón se volteó a un lado y se hundió. Hoy en día sus restos permanecen todavía sumergidos en aguas poco profundas y constituyen un excelente hábitat para miles de peces y otros organismos marinos.

 

CONCLUSIONES

La investigación y recopilación realizada en los  archivos españoles ha dado como resultado la elaboración de una base de datos que contiene la lista completa de las tripulaciones de todos los barcos que componían la escuadra del Almirante Cervera. Los elementos que componen la base de datos informatizada son apellidos y nombre, empleo, barco en que prestaba sus servicios, vicisitudes personales, de todos y cada uno de los hombres embarcados, así como la referencia de los expedientes personales de la mayor parte de ellos. Este trabajo, inédito hasta la fecha, supone un magnífico instrumento a la hora de evaluar las informaciones obtenidas de  otras fuentes. Asimismo nos permite aproximarnos a la situación real en que quedaron las tripulaciones, una vez finalizada la batalla naval.

Del análisis de  todos los datos que obran en nuestro poder se puede concluir que:

  1. La mayoría de los tripulantes fallecidos durante el transcurso del combate naval, quedaron a bordo de los barcos.
  2. Todos los barcos, excepto el Furor que se hundió, fueron embarrancados contra la costa.
  3. Los cuerpos de los fallecidos que llegaron a la costa fueron inhumados en las playas, donde todavía permanecen. En esta situación podrían encontrarse los restos del Capitán Lazaga, comandante del Oquendo.
  4.  Los muertos recuperados por la marina norteamericana de la ruina del Vizcaya y sepultados en el mar con honores militares: 5 el día del combate (3 de julio) y entre15 y 20 el día 15 de agosto; suponen, solamente, un tercio del total de fallecidos en dicho buque (68).
  5. Las ruinas de los barcos españoles fueron visitados frecuentemente, en los días posteriores al combate, por miembros de la U.S. Navy. El Infanta María Teresa fue reflotado, llevado a la base de Guantánamo y después de unas breves reparaciones, remolcado hacia Estados unidos, hundiéndose en la travesía, cerca de las Bahamas.
  6. La U.S. Navy, dispensó, en todos los casos, un tratamiento honroso a los restos mortales de los marinos españoles. Por lo tanto, cabe suponer que esta misma disposición fuera mantenida con respecto a los cadáveres que quedaron a bordo de los buques o flotando sobre las aguas.
  7. Ante la ausencia de fuentes documentales que hagan referencia al destino final dado a los cuerpos de los marinos españoles, caídos en la batalla naval, el único dato que se tenga, acerca de este hecho, sea la noticia proporcionada por el Capitán Evans sobre su inhumación en una fosa común, cerca de la costa.
  8. Las informaciones orales referentes a la exhumación de siete restos esqueletales en la playa de Juan González, junto con la mayor concentración de bajas en esta zona de la costa, procedentes de las dotaciones del Infanta María Teresa y del Oquendo, nos lleva a plantear ese lugar como posible ubicación del supuesto enterramiento colectivo.

 


 

 

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