Movimientos y hechos verificados por el crucero SMS Kaiserin Und Königin Maria Theresia
Artículo publicado por la revista ANALES, de la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV) Nº 93, Vol. 1, 2018, pp. 171-189.

Resumen

El SMS Kaiserin und Köningin Maria Theresia (Emperatriz y Reina Maria Teresa), fue el primer crucero acorazado construido en Trieste (Italia) que navegó bajo bandera austro-húngara, desde su alistamiento en 1895 hasta su baja del servicio en activo, en 1917.

Este crucero, que se encontraba en patrulla de exploración en julio de 1898, tuvo una experiencia singular al convertirse en el único buque de guerra extranjero, testigo lejano del combate naval de Santiago de Cuba, entre las armadas de España y los Estados Unidos, el 3 de julio de 1898.

Además, el parecido de este buque con los cruceros españoles de la escuadra del almirante Cervera, y la confusión al divisar de noche los colores de su bandera, rojo-blanco-rojo, pudo haberse convertido en un error fatal por aparecer a pocas millas del escenario del combate y costarle un serio disgusto.

La documentación obtenida para este trabajo se ha basado en las memorias de un oficial del barco publicadas en un periódico de Viena, así como en las del capitán austríaco Arthur Rziha, publicadas por la revista Polaer Tagblatt, en mayo de 1910, con el nombre de “Memorias sobre el combate naval de Santiago de Cuba”. Asimismo, se ha contado con otros documentos pertenecientes al Archivo del almirante Cervera, como las cartas cruzadas entre el capitán de navío Juan Cervera Jácome, hijo mayor del almirante Cervera con French Ensor Chadwick, quien fuera capitán de navío y comandante del buque USS New York, pero que en 1910 ya era almirante retirado de la US Navy.

1.- Introducción

La narración del encuentro del crucero austríaco con los buques norteamericanos la hace un oficial no identificado del crucero austríaco y a ella se le van añadiendo los testimonios del capitán austríaco Arthur Rziha y de los comandantes norteamericanos del USS Indiana (Taylor), USS New York (Chadwick) y USS Iowa (Evans).

El sábado 2 de julio de 1898 el crucero de guerra austriaco Kaiserin und Köningin Maria Theresia, en adelante Kaiserin, se encontraba atracado tranquilamente en una boya de Port Royal (Jamaica) (1). El cónsul Schiller acababa de tener la amabilidad de traernos nuestro último y escaso correo en un bote de vapor desde Kingston, a una media hora de distancia y había vuelto a tierra. De pronto, pocos minutos después, volvió a presentarse a bordo haciéndose anunciar al comandante del buque, el capitán de navío Julius von Ripper. A los pocos minutos todo el buque sabía que se había dado orden de encender calderas inmediatamente, saldar las cuentas con los proveedores de tierra y llamar a bordo a los ausentes.

Crucero austriaco Kaiserin

A las seis de la tarde el buque emprendió su camino rumbo a alta mar y entonces se supo lo que ocurría: nuestro cónsul en Santiago de Cuba, había telegrafiado comunicando que la situación de la ciudad era extremadamente peligrosa y pedía socorro.

Salimos en la tenebrosa noche tropical, con fuertes golpes de mar que hacían temblar la coraza del buque destacándose la estela del barco sobre la superficie del mar.

2.- Primer encuentro con el USS Indiana

La mañana despuntó cargada de nubes y donde debía estar la desdichada Cuba, había un espeso banco de neblina. Primero, a las 8, se destacaron débilmente las colinas que forman el contorno del país haciéndose paulatinamente perceptibles. A las 10 estaban a la vista no menos de 20 vapores americanos, todos evidentemente mercantes, en parte confundidos con la tierra.

La bahía que teníamos delante debía ser Daiquiri, 15 millas al este de Santiago, donde los americanos habían desembarcado una parte de su ejército expedicionario. En nuestro pico ondeaba nuestra mayor y más nueva bandera; en el tope del palo de proa (trinquete) la señal internacional de reconocimiento.

A nosotros, sin embargo, no se nos había ocultado que uno de los vapores mucho antes que le hubiese sido posible leer nuestra señal marchaba apresuradamente hacia el oeste, en donde debía encontrase la escuadra de combate americana, haciendo señales y disparos de alarma.

Oscuras nubes de humo se agolpaban sobre el contorno de la costa, siendo empujadas hacia poniente, por el viento. Entonces apareció delante de nosotros un buque que pronto reconocimos como un buque de combate. Todavía parecía pequeño, pero su ancha forma se aproximaba rápidamente atravesando nuestro camino a 6 o 7 millas por delante de la proa y después por el lado del timón, dividiéndose espumantes olas ante sus bajas rodas. Pronto conocimos por su tipo que debía ser el Indiana, y que el barco estaba perfectamente preparado para luchar; los parapetos bajados, grúas y botes quitados y no se veía hombre alguno.

Con ímpetu marchaba el monstruo gris con los costados erizados de bocas de fuego, notándose una alegría como de estar preparado para el asunto. Y vimos también que la artillería gruesa de 13 pulgadas de las torres, toda la de 8 y 6 pulgadas así como la ligera de 6 libras seguían nuestros movimientos y siempre dirigidas hacia nosotros; la gruesa apuntando a la línea de agua y la ligera hacia los bastiones y puentes donde estaba apiñada la tripulación y reunido nuestro Estado Mayor.

Acorazado USS Indiana

Eso significaba que el americano nos tomó por enemigo y siendo así nos amenazaba con todas sus bocas de fuego. Describiendo un gran arco, tomó el gris un rumbo parecido al nuestro sin dejar de apuntarnos, si bien el gallardete de inteligencia izado mostraba que había leído nuestra señal de reconocimiento, pero quizás creía en algún ardid de guerra y desconfiaba todavía de nuestro aspecto pacífico. Se nos presentó por medio de señales como el USS Indiana, y al pasar a corta distancia por delante de nosotros, el Kaiserin entonó la música del himno nacional americano, como es costumbre cuando se cruzan barcos de guerra. Los alegres acordes del “Yanker Doodle” (2) redujeron la desconfianza y los ocultos compañeros apartaron las bocas de fuego de nosotros, dirigiéndolas mar afuera como si no hubiesen amenazado a un amigo.

Enseguida, por todas las portas, huecos y escalas subió la gente del americano llenando en un instante las torres y plataformas, examinando con curiosidad nuestro magnifico y soberbio buque que se dejaba ver bien; pronto fue echado al agua nuestro bote de vapor y un oficial fue con él al Indiana, a preguntar por su comandante.

La narración por el capitán Ryzha de este encuentro con el USS Indiana aporta nuevos datos:

“Al acercarnos a la costa cubana divisamos uno de los cruceros que venía a nuestro encuentro a todo vapor, haciendo de trecho en trecho, disparos de alarma, pues por la semejanza de los dos pabellones español y austriaco nos había tomado por un crucero español, como supimos después. El Indiana se destacó de la escuadra y vino hacia nosotros con sus piezas dispuestas a disparar. Nosotros le esperamos y nos dimos a conocer por medio del telégrafo de banderas. La marinería de nuestro barco, reunida en cubierta, hecha ya la limpieza, ofrecía una perspectiva risueña y pacífica por el día del Señor (era Domingo). Todas las piezas estaban cubiertas pero en las silenciosas profundidades de nuestro barco, estaban los torpedos dispuestos en sus tubos para ser lanzados en caso de ataque.

En honor a la verdad, producía una impresión poco agradable ver acercarse a nosotros aquel coloso amenazador. Los avisos repetidos de su sirena provocaban una desagradable tensión. A 700 m. aproximadamente de distancia se paró el Indiana; entonces nuestro bote a vapor con 2 oficiales, teniente de navío Marchetti y alférez Mansfeld atracó al Indiana (...) El autor de este relato tuvo así la ocasión de ver tan de cerca la interesante perspectiva de un acorazado que acababa de salir del combate. Un soplo nervioso parecía cernirse sobre aquel barco cuya tripulación no manifestaba de un modo bien notable, esa flema tan típica de los anglosajones. Un oficial yanqui, con la camisa remangada, quien con una risa anormal, mecía cariñosamente el casquillo de una bala de cañón disparada, nos recibió en la plataforma de la escalera. Las paredes a bordo del Indiana estaban muy ennegrecidas y averiadas, la torre blindada presentaba por la amura de babor las señales de un proyectil que le tocó oblicuamente. Oficiales y marineros con la cara sin lavar y malhumorados, parte de ellos sin camisa y los demás con la misma remangada; todos llevaban las huellas de un servicio penosísimo de varias semanas….” (3)

Mucho tiempo permaneció ausente nuestro bote pero cuando al fin volvió, se supo más de lo que había esperado. Sin saberlo, fuimos lejanos testigos de un terrible drama. Aquellos disparos que habíamos oído y visto no significaban un acontecimiento de todos los días, sino la completa destrucción de la escuadra de cruceros del almirante español Cervera y las columnas de humo que perezosa y pesadamente se alzaban hacia el cielo por delante de la orilla, marcaban los lugares donde los barcos completamente ardiendo, condenados a un fin desastroso, desesperadamente habían corrido hacia la orilla. Un profundo silencio siguió al relato del oficial al comandante, como si no pudiese abarcar lo que se acaba de oír, hasta que en seguida un torrente de preguntas cayó sobre el portador de la noticia.

El comandante del Indiana, capitán de navío Henry C. Taylor había informado que el almirante Sampson debería encontrarse probablemente a unas 15 millas de distancia hacia el oeste, recomendando asimismo precaución, pues se habían observado minas.

Para completar este encuentro del Indiana con el Kaiserin, el capitán de navío F.E. Chadwick, comandante del USS New York escribió una carta en mayo de 1910 al capitán de navío Juan Cervera Jácome, cuando ya era almirante (retirado) de la US Navy, y en la que le decía:

“…que el Indiana mantuvo los cañones apuntando al crucero (Kaiserin), porque desconfiábamos que no fuera un ardid (…) los oficiales del Kaiserin no supieron nada acerca del combate hasta que el capitán Taylor les informó de la destrucción de los buques españoles, sin haber tenido bajas propias (…) mientras que los barcos permanecían pegados el uno al otro la banda austriaca toco “Hail Columbia” y eso provocó muestras de satisfacción en la tripulación del Indiana, que cerró el incidente que en un momento pareció un siniestro presagio. Eran las dos de la tarde…” (4)

El crucero USS New York (al fondo) y el USS Vixen, navegando en aguas de Santiago de Cuba.

El Comandante del crucero USS New York, Capitán de Navío F.F. Chadwick, al referirse a la aparición en escena del Kaiserin, había escrito unos meses después de terminada la guerra:

“El USS Resolute informó de la aproximación de un supuesto acorazado español. El almirante (Sampson), a pesar de estar seguro de que no podría ser un buque español, ordenó que el USS Brooklyn y el USS Oregon lo confirmaran, y recordó una circular que había recibido hacía poco tiempo del Departamento de Marina, en la que se le indicaba estar atentos ante una posible llegada del crucero Maria Theresia, y la prudencia de no confundir su bandera con la española. Sabían que, con independencia del pabellón del barco, éste tendría que pasar cerca del USS Iowa y del USS Indiana, que estarían dispuestos a identificar cualquier posible buque hostil. El buque se identificó como un barco austriaco y el asombro del teniente (austriaco) fue enorme al conocer el destino de la escuadra española.” (5)

El Kaiserin, cuya finalidad era la protección de los ciudadanos pertenecientes a Estados neutrales, pasó por delante de la fortaleza del Castillo del Morro, con un mar cubierto de restos causados por las descargas, cajas de municiones arrojadas por la borda y despojos flotantes, todos ellos dirigiéndose hacia el oeste.

Por la mañana habían estado los buques de guerra americanos en extenso semicírculo rodeando la angosta entrada de Santiago; el almirante (Sampson) se encontraba en el ala este a punto de comunicarse con el cuartel general de Shafter, cuyo cuerpo de ejército sitiaba la ciudad por la parte de tierra, cuando a eso de las nueve y media el almirante Cervera lanzándose a una lucha desesperada, salió del puerto el primero, con su buque abanderado Teresa y siguiendo su estela fueron los restantes buques de su escuadra que se componía de los cruceros Vizcaya, Cristobal Colon y Almirante Oquendo, y dos torpederos destructores.

Apenas aparecieron los buques en la boca de la estrecha entrada del puerto, cuando recibieron el fuego de todos los americanos que se estrechaban también por su parte formando una estela que, dirigiéndose al oeste, obligaba a la línea de combate española a hacer también ese rumbo hacia la costa.

El fuego se generalizó y los disparos de los americanos causaron espantosos estragos en los cruceros españoles. (6)

3.- Segundo encuentro, con el USS Iowa

Pasamos enseguida a unas cuatro millas de los primeros buques españoles que estaban ardiendo, cerca del Iowa y de un poderoso trasatlántico de tres chimeneas preparado como crucero auxiliar, el St. Paul.

El Iowa se encontraba recibiendo los prisioneros supervivientes del Vizcaya, unas horas después del combate naval, en concreto a 250 miembros de su dotación, de los cuales 32 se encontraban heridos. También se encontraban los cuerpos de cinco marineros muertos, cubiertos con la bandera de España. En ese preciso momento se recibió el aviso que dos acorazados españoles venían desde el este…

El Comandante del crucero USS Iowa, Capitán de navío Robley D. Evans, al referirse al asunto, comenta:

“La información era tan clara, que me veía obligado a suspender el transbordo de los supervivientes españoles del USS Hist. Dispuse el zafarrancho de combate para enfrentarme al buque español, que ya veíamos y que se acercaba rápidamente. Venía precedido de 15 o 20 vapores, que hacían todo lo posible para escapar del supuesto enemigo. Cuando me vieron estos se pusieron detrás de nosotros. La posición en la que me encontraba era muy curiosa: 250 prisioneros en la cubierta de mi buque y a punto de entrar en combate con un acorazado enemigo. Cómo proteger a aquellos prisioneros del fuego de sus propios compatriotas era un problema difícil de resolver. Entonces me dirigí al camarote donde se encontraban el capitán Eulate y tres de sus oficiales y les pedí que me dieran su palabra contra cualquier acto de traición o violencia por parte de los prisioneros españoles. Me fue dada de buen gusto y eso alivió la tensión. Al mismo tiempo, Eulate me aseguró que no creía que hubiera ningún buque español en esas aguas del Atlántico. Pronto descubrí que el supuesto acorazado español era un crucero austriaco, y al momento paré máquinas y ordené continuar con el sepelio de los fallecidos españoles. De nuevo una imagen impresionante: cinco marineros españoles enterrados en una ceremonia en la cubierta de un acorazado de la nación enemiga, con un servicio religioso llevado a cabo por el pater español, y en presencia del comandante, oficiales y compañeros de dotación. Y sus cuerpos enterrados bajo los pliegues de su propia bandera y en presencia de dos buques de guerra y una cantidad de transportes, con sus banderas a media asta”. (7)

Todos los ojos estaban fijos en las humeantes ruinas de los altivos buques, que hacía pocas horas eran todavía la esperanza de España. En esto una apresurada llamada nos hizo mirar adelante donde el casco del Vizcaya veíase elevar una espesa y blanca nube de humo que se extendía en inmensas ondas en la altura. Debía haber explotado algún depósito de municiones; sin embargo el resplandor del sol, que se ponía, impedía verlo con precisión.

Acorazado USS Iowa

El Vizcaya estaba a unas tres millas de distancia; espantoso golpe de vista. Por el costado del timón había un enorme agujero del que salía un torrente de humo negro, señal de que estaba ardiendo la carbonera; la mejor torre estaba completamente demolida. La artillería apuntaba como un dedo acusador hacia el cielo, y allí estaba el mástil destrozado con las señales de la lucha, reposando sobre la cubierta.

El único rasgo, en alguna manera grato, de este espantoso cuadro, eran algunos botes que iban desde las ruinas a tierra, evidentemente ocupándose del salvamento de la gente.

Dos veces más vimos a nuestra espalda, las columnas de humo blanco elevarse hacia el cielo, cuando las llamas del polvorín del Teresa y las del Oquendo se juntaron. Luego el humo y la oscuridad tropical ocultaron estas horribles escenas a nuestra vista que como por fuerza mágica había estado fija en ellas.

Esta fue pues la suerte de un valiente y caballeroso almirante de una escuadra de bellísimos buques. Trágica suerte en verdad que obligó a este almirante obedeciendo la vanidad propia de su nación a lanzarse en desesperado combate contra el poderosísimo enemigo y por los insuficientes medios de combate que podía disponer, a sacrificarse por el honor de las armas. Debemos admirar el valor de Cervera, pero su resolución de aventurarse al combate debe únicamente lamentarse.

Tremenda responsabilidad alcanza a los que no pudieron darle medios de combate más apropiados. La escuadra existente no era una escuadra de combate, llevando a una lucha a la que nunca se la debió conducir, a una lucha de cuyo resultado depende la existencia del imperio español y la completa aniquilación de su flota de las Indias Occidentales. España tendrá que pagar caro, muy caro, el no oponer a los potentes buques de guerra de los Estados Unidos nada más que cruceros ligeramente protegidos.

4.- Tercer encuentro, con el USS Brooklyn

Ya habíamos navegado alejándonos hacia el oeste 40 millas, cuando apareció, visto de proa, un barco de guerra que debía ser el Brooklyn.

Llevábamos permanentemente la señal internacional de reconocimiento, pero la distancia de él era tan considerable que no estábamos seguros de que hubiese sido distinguida. Podíamos, por lo tanto, suponernos comprometidos a repetir la escena con el Indiana.

Al percibir el aviso, el americano cambió su rumbo, mostrándonos un momento, hacia el claro cielo de poniente, su silueta por la que reconocimos que era el USS Brooklyn.

Nos alejamos hacia el oeste y pronto notamos que el Brooklyn se mantenía constantemente a 5 o 6 millas de nosotros, observándonos. Como evidentemente el resto de los americanos estaban más distantes hacia el oeste, dejaba seguir él al supuesto enemigo pero como estaba el sol próximo a ponerse y con la oscuridad podía semejante juego tener las más fatales consecuencias, parecía ser tiempo de forzar al Brooklyn.

Por tanto se enderezó la proa del Kaiserin hacia el mar mostrando la silueta al Brooklyn y la marcha a un mínimum. Apenas nos pusimos en curso se vio al Brooklyn volver hacia el mar también dirigiendo despacio su proa siempre más hacia nosotros como tentado por el curso que buscaba, que debíamos navegar juntos, pero como nosotros paramos, tuvo al fin el Brooklyn que dirigirse hacia nosotros, comprendiendo que no tratábamos de huir.

Crucero acorazado USS Brooklyn

En esos momentos se puso el sol y con arreglo a lo que exigen las instrucciones internacionales se colocaron inmediatamente las luces de posición y tratamos de iluminar con los proyectores eléctricos la señal de reconocimiento que siempre teníamos izada, pero los rayos de nuestras cuatro lámparas de arco de 60.000 bujías, tan potentes durante la noche oscura, se amortiguaban con el crepúsculo y apenas se notaban.

Despacio y siempre receloso siguió adelante el Brooklyn mientras la oscuridad iba en aumento y pasando a poca distancia nos gritó en lengua alemana que era el buque de los Estados Unidos USS Brooklyn, y si podía enviar un bote con un oficial a bordo.

Esta fue ciertamente una astuta manera de averiguar si éramos verdaderamente austriacos, pues un español apenas hubiese entendido el alemán. Nuestro comandante naturalmente lo evitó diciendo que él por su parte mandaría un oficial a bordo. Pronto estuvo el vapor en el agua y camino del Brooklyn.

El encuentro lo narra el capitán Rhyza de la siguiente forma:

“¿Qué barco es ése? Se oyó del Brooklyn El barco de guerra austríaco: “Maria Theresia” Y del Brooklyn volvieron a preguntar: Will you send the captain? Y un momento después en alemán: ¿Puedo hablar con el capitán? El mismo teniente de navío bajó al momento al bote y fue cordialmente recibido por el comodoro Schley, quien se dio a conocer como compatriota nuestro, pues era originario de la Bohemia alemana. Por medio de ese encuentro supimos la noticia, para nosotros tan oportuna, del armisticio que expiraba el 5 de julio a medio día. Esta corta tregua fue aprovechada para sacar de Santiago a los extranjeros austriacos que quisieran huir del bombardeo…” (8)

Por su parte, el comandante del crucero USS Brooklyn, capitán de navío Francis A. Cook, relata el encuentro entre su barco y el austriaco en los siguientes términos:

“Recibimos orden de dirigirnos hacia dos cruceros españoles, que se suponían el Pelayo y el Carlos V, que fueron avistados por el USS Resolute, y que se encontraban entre nosotros y Santiago. Nos dirigimos hacia ellos a toda máquina. Le comenté al comodoro Schley que podría ser el Carlos V, porque no pensaba que otro buque español pudiera cruzar el Atlántico. De pronto avistamos un gran buque que se dirigía al Oeste y que parecía lucir el pabellón español. La tripulación, excitada, se situó en sus puestos. Estábamos solos y sin apenas munición, pero el espíritu de la tripulación era excelente. El contramaestre Diggins me trajo unas láminas de los barcos españoles, y el aspecto del barco extranjero se parecía únicamente al del Cardenal Cisneros. Informé al comodoro y le dije que aún se encontraba a un año de su alistamiento. Era de noche y nos dirigimos hacia él; entonces iluminó con sus proyectores su bandera y el banderín internacional, que estaba situado en el trinquete, dando a entender que eran los colores austriacos, y que se trataba del crucero Maria Theresia. Un oficial suyo nos abordó y preguntó al comodoro si podía comunicarse con el puerto de Santiago por la mañana. El comodoro le dijo que seguramente el almirante Sampson se encontraría allí y que no habría ningún problema en lograr su autorización. Entonces preguntó el lugar para pasar la noche, y el comodoro le respondió que a 20 millas mar adentro, por lo menos; esta noche la costa es un mal lugar para los extranjeros. El austriaco, entonces dijo que se retirarían a 40 millas”. (9)

¡Qué contraste! En el americano no se veía una luz y hasta las luces de posición estaban apagadas, reinando profundo silencio a bordo del poderoso buque, pero el Kaiserin flotaba en el agua como un palacio de hadas; de todas las luces laterales partía un brillante resplandor, los proyectores prestaban forma y deslumbrantes colores a las señales que estaban izadas, destacando al mismo tiempo y con precisión todos los detalles del macizo guerrero y los acordes de la música, que estaba tocando el concierto de todas las tardes con melodías patrióticas sobre las aguas.

El comodoro Schley recibió con mucha cortesía al oficial del Kaiserin, prometiendo comunicar nuestra demanda al oficial de bandera correspondiente y nos propuso pasar la noche bajo su custodia, pero como lo excusamos agradeciéndolo con arreglo a las instrucciones dadas por el Comandante del Kaiserin, nos aconsejó que durante la noche permaneciéramos a 20 millas de la costa para no exponernos a desagradables escenas de reconocimiento.

El comodoro recibió al oficial en sus salones. Una sola lámpara iluminaba ambos espaciosos aposentos que no contenían más que un par de sillas de madera de mimbre trenzado y enguatadas de seda. Las cámaras se encontraban sin ningún adorno, ni un pedacito de madera, ningún mueble ni cuadro había allí que el choque de una granada enemiga hubiese hecho astillar o prender fuego; un modelo de preparación guerrera.

Por las troneras de par en par abiertas de la artillería de tiro rápido de 13 cm. penetraba la brisa nocturna (…) Con el mayor aprecio habló el comodoro Schley del almirante Cervera, de su valor y arrojo, repitiendo con visible emoción la expresión de esperanza de que aún viviera Cervera, si bien ya se debería temer lo contrario. (10)

En cuanto volvió el oficial a bordo, el Kaiserin puso rumbo sur a alta mar, dejando al Brooklyn a la sombra nocturna de las montañas de Cuba.

En el curso de la noche se nos aproximó mar adentro un torpedero, reconociendo y maniobrando prudentemente entre la luna y el Kaiserin, pero cuando vio que nuestro buque no hacía ningún movimiento ofensivo, sino todo lo contrario, desapareció.

5.- Frente a Santiago de Cuba

En la mañana del 4 de julio, fecha conmemorativa de la fiesta nacional de los Estados Unidos, que hacía 122 años que habían declarado su independencia, el Kaiserin se aproximó a la entrada de Santiago de Cuba. Eran sobre las nueve.

“Pasamos por el largo y sinuoso canal que conduce a Santiago y a pesar de evitar todo objeto flotante, temíamos a cada instante que alguna mina traidora nos hiciese volar por los aires. Cerca de nosotros salían del agua los palos del famoso Merrimac, echado a pique por el intrépido Hobson y a su vera un penacho cargado de carbón…”. (11)

Ya desde lejos se podía reconocer que allí delante estaba reunida casi toda la escuadra americana y entre ellos, el buque del almirante Sampson, el USS New York.

Un oficial del Kaiserin se dirigió hacia el almirante, quien demostró la mejor acogida por nuestros propósitos humanitarios accediendo con gusto a que también los pertenecientes a Estados neutrales abandonaran Santiago en los botes del Kaiserin. Con gran emoción y agradeciéndolo, excusó el saludo debido a su bandera. En ese momento de humillación de su noble enemigo, cuyas filas tanto había mermado la muerte, no quería recibir ningún honor personal.

Entretanto se habían arriado del Kaiserin los botes que debían entrar en Santiago. Allí se encontraban, también, los buques de guerra británicos Palles y Albert, con la misma misión.

Por ambos lados del canal salía de entre la maleza gente gritando y haciendo señas, sin que se les pudiese entender. En un puentecito de carga estaba reunida una multitud de gente haciendo señas a los botes que viniesen. Allí estaba la risueña ciudad de Santiago interrumpida la blancura de sus casas y el rojo de sus techos por el verde oscuro de sus huertos de elevadas palmeras con graciosas coronas de plumas. Gallardas flotaban las banderas en los Consulados extranjeros y había seis o siete vapores ante los muelles. Nada daba a entender que uno se encontraba en el centro de una comarca estrechamente sitiada por mar y por tierra hacía una semana.

Solo una casa que estaba ardiendo sobre las elevaciones traseras y el buque español Reina Mercedes, cuya artillería se había desmontado e inutilizado, anunciaban el dominio de la guerra.

Enseguida se hizo saber a los diferentes consulados, que los neutrales podrían reunirse dentro de cierto plazo, así como los certificados y garantías que les exigirían de su neutralidad. Se dio a la gente dos horas y media de término pues los botes debían llegar con tiempo suficiente a bordo, para que el buque pudiese, todavía con la luz del día, ganar alta mar.

La ciudad estaba como muerta; por las calles no se veían más que soldados y oficiales españoles con sus uniformes de campaña destrozados, azules con listas blancas, muchos heridos. Todas las ventanas, puertas y tiendas estaban herméticamente cerradas; nadie compraba, nadie vendía.

Los cónsules saludaron la oferta del Kaiserin, aunque en la ciudad no había bestias de carga, ni caballos, ni carruajes. Todos habían sido requisados por la administración militar y fueron muchas las penalidades que causaban a mujeres y niños.

Las autoridades españolas pusieron un cordón de soldados para contener a la multitud que pedía el resto de la comida que la tripulación llevaba consigo. Duro trance debió ser para el oficial que mandaba la expedición, el impedir que nuestra gente diese su propia ración a las extenuadas y desfallecidas mujeres y niños que lloraban de hambre. Los oficiales y soldados españoles llenos de valor, con ojos resplandecientes, aseguraban que aguantarían hasta el último momento.

Pronto empezaron a acercarse los fugitivos, entre ellos los cónsules de Italia, Paraguay y Santo Domingo, una multitud histérica por haber salvado la vida y llorando por el golpe de abandonar lo obtenido de su gastada existencia; muchachos y muchachas que no comprendían todavía la gravedad de las cosas, pero que por los rostros de sus mayores, podían ver que no se trataba de un juego. ¡Un cuadro que era para verse!

Entre los que iban a salir había un austriaco, los cónsules de Italia, Santo Domingo y Paraguay con sus familias. Los cónsules de Austria-Hungría, así como los de Alemania e Inglaterra, se quedaron. (12)

En el muelle se encontraba un hombre vestido con el uniforme blanco de marina español, que tenía en una jaula un canario cantando intensamente. Durante largo tiempo estuvo mirando, mudo, el tropel hasta que al fin uno de nuestros oficiales le preguntó si deseaba algo. Se nos presentó como Contador del Reina Mercedes, suplicando que uno de los nuestros aceptase como regalo su pequeño favorito, para que no le tocara en suerte un triste fin mañana por el bombardeo. Naturalmente, se accedió a su súplica. El almirante Sampson hubiera excusado esta ruptura de la neutralidad.

Finalmente, ya iba atardeciendo, las gentes y los baúles, colocados lo mejor posible en los botes y nos echamos a la mar en dirección a nuestro buque. Muchos ojos humedecidos se volvían a la ciudad destinada a la destrucción, en cuyo mañana a estas horas quizás no habría más que humeantes ruinas y a los nuestros también les parecía como si contemplaran una tumba abierta. De pronto, el cielo borró este cuadro con un fuerte aguacero.

Llegamos sin novedad al buque y de nuevo rumbo a Jamaica, contentos por haber librado de las consecuencias de un bombardeo a 79 personas en su mayor parte mujeres y niños. Bien o mal, están acuartelados a bordo, en camarotes los que exigen cuidados más delicados; los restantes en el sollado con hamacas y mantas.

Así transcurre la noche para la mayor parte de los pobres sin sueño, hasta que a la mañana siguiente están a la vista las azules montañas de Jamaica y a eso de las 9 el paso entre los Cayos.

Para que no faltase ninguna emoción de este memorable viaje, ya a la vista del puerto, cae un hombre al agua, pero estamos orgullosos de la prontitud salvadora de nuestra maniobra de “hombre al agua”. En menos de cinco minutos es recogido y nosotros seguimos hacia Port Royal angustiados por si tuviésemos que hacer cuarentena pues la sanidad inglesa es muy rigurosa.

Después de algunas horas que tuvimos que pasar con la funesta bandera amarilla en el antetope, quedamos libres y nos dirigimos hacia Kingston, donde desembarcamos nuestra preciada carga. Con sincero agradecimiento se despidieron los pobres de nosotros…

“Terminada esta operación el Kaiserin zarpó de nuevo para ofrecer protección y asistencia a nuestros nacionales establecidos en La Habana, bloqueada por los yanquis. Pronto llegamos a la entrada y el Kaiserin surcaba suavemente el largo y ancho canal que conduce al vasto puerto interior (…)

En los altos fuertes a mano izquierda de la entrada tocaban las bandas militares españolas el himno austriaco, en tanto que en el muelle a la derecha, millares de personas apiñadas nos recibieron con ruidosas aclamaciones (…) A pesar de la guerra y el bloqueo iban hermanadas la bulliciosa algarabía, la sed de goces y diversiones, al lado del hambre y la lastimera indigencia.

Algunas embarcaciones de guerra españolas permanecían inactivas, sin preocuparse del enemigo, que cruzaba por alta mar, dejando a las fortificaciones el trabajo de rechazarlos. A bordo de esos barcos no se notaba ni oía otra señal de vida militar que el toque de las cornetas anunciando las visitas a bordo que recíprocamente se hacían los comandantes de dichos barcos.” (13)

Derrota de los buques norteamericanos y avistamientos hechos según apuntes personales del que fuera comandante del USS New York, acerca de los encuentros con el crucero austríaco Kaiserin el 3 de julio de 1898. (Archivo Almirante Cervera).

6.- Epílogo

Así, de esta manera terminó la intervención del Kaiserin en aguas cubanas con el objetivo de proteger y evacuar a los ciudadanos de la doble monarquía danubiana que se encontraban en Santiago de Cuba en julio de 1898. Su aparición, unas horas después del combate naval entre las escuadras de España y los Estados Unidos, pudo haber terminado en un trágico suceso por la similitud del perfil del buque con los cruceros de la escuadra española del almirante Cervera.

El Kaiserin permanecería en el Caribe hasta el final de la guerra y llegaría a estar activo hasta 1917, aunque no participara en ninguna operación durante la Primera Guerra Mundial; posteriormente fue desarmado y destinado como pontón afecto a la flotilla alemana de submarinos del Adriático.

En 1918 la Marina de Guerra Imperial y Real (Imperial de Austria y Real de Hungría), la KUK Kriegsmarine, como se la conocía popularmente, desapareció definitivamente como ente de combate.

Fuentes de Información / Bibliografía
CERVERA FANTONI, Ángel Luis: El Desastre del 98 y el fin del imperio Español, (Visión inédita del almirante Cervera), Madrid. Biblioteca Nueva, 2016
FONDO HISTÓRICO Y LEGADO DE LA FAMILIA CERVERA: Archivo histórico privado del Almirante Cervera (AAC). Legajos V-A-13 y VII-A.
RISCO, Alberto: La Escuadra del Almirante Cervera. Toledo. Jiménez y Molina, impresores, 1920.
RZIHA, Arthur: “Memorias sobre el combate naval de Santiago de Cuba”. Polaer Tagblatt, números 17, 19 y 21 de Mayo de 1910.
SMS Kaiserin und Königin Maria Theresia: THE CENTURY ILLUSTRATED MONTHLY MAGAZINE, The Story of the Captains. New York: The Century Co., Vol. 56, May 1899
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